Hablando del ajuste

Télam, Buenos Aires 23/12/2015  En conferencia de prensa en Casa de Gobierno, tras la reunión del Gabinete social el jefe de Gabinete, Marcos Peña, señaló que  "hoy la prioridad tiene que ver con tomar control de la situación y ayudar a los evacuados"  por las inundaciones de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay y que afecta a las provincias de  Entre Ríos, Corrientes, Formosa, Chaco y Santa Fe. Foto:Gustavo Amarelle/Télam/dd

Es posible que el presidente Macri haga algunos cambios en su gabinete en las próximas semanas. Patricia Bullrich podría dejar su lugar en el Ministerio de Seguridad, alegando un extremo cansancio personal. También, nada menos que Marcos Peña podría pasar a la Secretaría General de la Presidencia y su lugar como Jefe de Gabinete ser ocupado por Ernesto Sanz.

Se trata de rumores de los corrillos políticos pero ambos vienen con argumentaciones verosímiles. Bullrich nunca logró reponerse plenamente del caso de la triple fuga y de aquel oscuro hecho relacionado con una detención completa que, finalmente, en ese momento, solo alcanzaba a Martín Lanatta.

Peña había llegado como la estrella del PRO. Sus aciertos en la campaña (no prenderse en las peleas y no acordar con Massa) lo habían convertido en una especie de intocable cuyos pareceres eran poco menos que palabra santa.

Pero desde que Macri asumió, fue la figura decisiva de una corriente que llevó al presidente a no entregar un rápido inventario del estado del país al 10 de diciembre y que le aconsejó no salir de inmediato a ponerse a disposición de quien sea por el caso de los Panama Papers.

Respecto de la herencia kirchnerista, solo en el discurso de apertura de las sesiones ordinarias el presidente hizo una breve descripción de lo que recibió. Prometió revelar un informe área por área y se excusó de seguir ese día con la enumeración de desastres bajo el argumento de no aburrir a los legisladores y a los argentinos que seguían la ceremonia por la televisión.

Del detalle aún no tenemos nada. Y frente al desastre en que el kirchnerismo convirtió al país, aquella enumeración de Macri pareció muy modesta comparada con el derecho que tiene toda la sociedad de conocer la verdadera extensión del daño al que fue sometida.

En el caso de las dos empresas off shore, el presidente, de todos modos, tuvo que salir a ponerse a disposición de cualquier investigador pero sin las consecuencias políticamente benéficas del golpe de efecto que habría significado hacerlo solo sin que nadie lo denuncie.

No era tan difícil ver los efectos positivos que hubiera tenido un presidente que se despoja de sus defensas en público y que se entrega a la investigación que la Justicia decida, porque no tiene nada que ocultar. En días en donde la sociedad observa el obsceno intento cristinista por presionar a los jueces aquella actitud abierta y republicana le hubiera significado al presidente una ganancia prácticamente gratuita.

Más allá de que, en comparación con los hechos sospechados durante tantos años y que ahora se están revelando con testimonios ante la Justicia, la cuestión de los Panama Papers no tiene la entidad suficiente para transformarse en un problema para el presidente, un mal manejo de la situación sí puede entregarle una oportunidad a quienes quieren hacerlo tropezar. Macri no puede darse ese lujo, máxime cuando el caso no solo tenía todos los elementos para ser aclarado rápidamente sino que presentaba una oportunidad para, incluso, sacarle provecho político.

Esa falta de reflejos hizo mella en la estrella de Peña. El gobierno no se enfrenta a inocentes carmelitas descalzas ni tiene delante una sociedad madura, republicana y que rechaza el populismo. Al contrario, tiene delante de sí al peronismo –que busca recuperarse de la embolia kirchnerista-, al kirchnerismo -que nunca dudó en jugar sucio, en mentir y en tergiversar la realidad para salirse con la suya- y a una porción de argentinos que aún siguen privilegiando al Estado y al estatismo y que no han tomado una posición definitiva en contra del populismo.

No es una novedad que el fuerte del gobierno se asienta en la gestión y en consolidar una administración de logros. Nadie duda de que ese debería ser el objetivo principal de cualquier gobierno, porque para eso es elegido.

Pero en la Argentina las cosas son un poco diferentes. La naturaleza de nuestra idiosincrasia, la conformación de la sociedad, los pareceres de la prensa y la cultura de los partidos obligan a que los presidentes no olviden la rosca y el guitarreo de la política y muchas veces puedan perder, incluso, los logros de su administración por carecer de esa “viveza” de la que otros hacen gala.

Ernesto Sanz es un viejo lobo en ese terreno. Sin llegar a las sinvergüenzadas a las que muchas veces nos tienen acostumbrados otros, el mendocino sí conoce los vericuetos políticos que pueden definir la suerte de un buen administrador; que lo pueden salvar o hundir definitivamente.

Macri necesita esa mano experimentada que le sirva de amortiguador en el terreno que no es su fuerte. Todo el mundo le reconoce su capacidad de gestionar y de conseguir resultados prácticos en el terreno de las obras y de la administración de los recursos. Pero, como lo han demostrado estos meses en el gobierno, sigue pecando de cierta inocencia en el terreno político.

Otro tanto debe decirse de las velocidades que se imprimen a las distintas aristas económicas de la tarea del gobierno. El equipo que integran Prat Gay, Cabrera, Lopetegui, Quintana, Aranguren avanzó muy rápido sobre la recomposición de los precios de las tarifas de servicios. Pero la velocidad no fue la misma para compensar con otras medidas los efectos de esas decisiones.

Es imperioso que el equipo económico lance medidas que impacten favorablemente en los negocios de miles de empresas medianas que son el motor de la economía y que ya no están en posición de aguantar costos sin recibir algún beneficio.

En ese sentido, se podría implementar la liquidación del IVA por lo percibido y no por lo devengado, terminando con el infernal sistema que ha puesto a todo el mundo a financiar al Estado de su bolsillo. El IVA debe cobrarse sobre aquellas facturas efectivamente cobradas y no por las emitidas.

Otra medida es el regreso del ajuste impositivo por la inflación. El Estado no puede seguir cobrando impuestos sobre números completamente desfigurados por el efecto del aumento de los precios.

Y, obviamente, el gobierno no puede exigir esfuerzos sin hacerlos, con lo que es preciso un peinado intenso de los trámites burocráticos a los que el Estado nos somete, generándonos gastos, pérdidas de tiempo y trabas de toda naturaleza.

Los “ajustes” deben ser parejos. La sociedad por supuesto que debe ajustar años y años de creer que se puede vivir de arriba. Y el gobierno debe ajustar sus deficiencias políticas y sus velocidades económicas. Los tantos se soportan mejor si están repartidos con equidad. El presidente debe tomar nota de ese hecho y actuar rápidamente en consecuencia.