Glorias

Después de una semana de “Gloria” en cuanto a pruebas jamas reunidas antes en una causa de corrupción, se pueden resumir algunos comentarios que han quedado grabados para la historia.

Se ha dicho, por ejemplo, que los cuadernos no son “prueba” mientras no se encuentre el dinero. Para personas que no son abogados meterse en afirmaciones como ésta debería hacerlas reflexionar acerca de incursionar -como si tuvieran autoridad para hacerlo y con los modales de un sabihondo- en terrenos que desconocen por completo.

Por supuesto que los cuadernos constituyen una prueba y una prueba concluyente. Se trata de documentos de tanta importancia que el propio fiscal de la causa Carlos Stornelli dejó bien en claro cuando se le preguntó acerca de si los cuadernos eran o no prueba: “Los cuadernos son una prueba contundente”, dijo sin titubear. “¿Y si no hubiera cuadernos y existieran solo las copias?”, se le volvió a preguntar: “son pruebas de todos modos”, dijo sin lugar a ninguna duda.

Otra de las cuestiones que pueden extraerse de esta semana memorable es la pregunta de por qué no está presa Cristina Fernandez, la viuda en vida en ejercicio de la jefatura de la banda.

Esa pregunta no tiene respuesta porque sencillamente no puede responderse. No es posible explicar cómo esta señora sigue libre. Solo la combinación de factores de diversa índole puede arrojar algo de luz sobre este asunto.

En primer lugar, la Justicia, que no ordenó su arresto mientras no tenía fueros. Cuestión de por sí inexplicable porque para esa altura ya estaban presos sus subalternos: ¿cómo es posible entonces que los lacayos esten detrás de las rejas y la jefa libre?

En segundo lugar, la política, que consideró que teniendo al esperpento libre sería más fácil presentarse como una opción racional.

En tercer lugar, ahora, con la situación actual, el peronismo, que considera una claudicación “entregarla” en el Senado como si la cámara alta del Congreso puediera convertirse de modo normal en un aguantadero de delincuentes.

Otro tema son los personajes del kirchnerismo que han abarcado un abanico tan amplio como el diputado Tailhade amenazando hacia el futuro (“esto lo van a pagar… todos lo van a pagar”) a todos los que se atrevan a tocarlos, hasta el impresentable Agustín Rossi aduciendo una “inquina” personal de Bonadio contra Fernández, pasando por otros que sugirieron que los cuadernos de Centeno los habían escrito advenedizos de Cambiemos.

Lo que ha ocurrido en la Argentina la semana que pasó tiene un componente completamente original a sus persistentes años de corrupción y de convivencia con el barro de la inmundicia: por primera vez los nombres de las dos partes aparecen escritos con nombre y apellido. Están los que recibieron las coimas y los que las pagaron. Fue lo que tantas veces se reclamó y los que los funcionarios siempre reclamaron como si ellos fuesen los inocentes a los que los empresarios les retorcían los brazos para que aceptaran las coimas y aquellos los únicos malvados que encontraban divertido entregar dinero extra de su bolsillo.

Aun en los casos en que esté comprobado el “co-hecho” (que de allí deriva la palabra de denomina el delito, es decir, un “hecho” cometido en “co”operación) no caben dudas que la corrupción es una deformación provocada por la política y por un determinado sistema económico.

Si no existieran “ventanillas”, “funcionarios” y “barreras” (que los funcionarios pueden levantar discrecionalmente) está claro que la corrupción no existiría. Está claro, también, que, por lo menos en países como la Argentina, la ampliación del Estado es directamente proporcional al aumento de la corrupción: a más Estado, más corrupción.

No hay dudas que el puntapié inicial lo da la política, lo dan los funcionarios. Son estos los que aprietan a la gente “para que la ponga”. No me cabe la menor duda al respecto. Y más aun cuando de lo que se trata es de financiar la política: allí no hay límites; ni los aprietes, ni la efedrina, ni el crimen.

El robo kirchnerista ha sido apoteótico. Lo que se pueda sumar con las historias narradas por Centeno son apenas la punta del iceberg; una gota en un océano de dineros públicos sustraídos a los contribuyentes y birlados a los pobres.

Los Kirchner construyeron un cartel para robar dinero público. Distinto de los carteles de la droga que roban dinero privado, la banda fundada por Néstor y Fernández fue constituida con el solo objetivo de alcanzar el Estado para tener acceso a sus arcas.

Hay solo dos caminos en el mundo de la delincuencia para alcanzar las cifras que se sospechan: la droga y el Estado. Las bandas de delincuentes comunes (onda Gordo Valor) por más organizadas que esten nunca podrían acceder a las cifras de la droga o a la de los Tesoros públicos. Los Kirchner eligieron esta última. Sabían que el peronismo (que todo lo puede en la Argentina -desde encumbrar a un comunista que saca 3% de los votos en una elección, hasta llevar al trono máximo a un ignoto gobernador del Sur cuyo índice de conocimiento no superaba el 5% en el orden nacional-) era el vehículo que necesitaban para su transporte hacia el objetivo.

Lograron infiltrarlo sin ningún escrúpulo y una vez instalados en el poder se dedicaron a hacer lo único que siempre supieron hacer bien: robar.

No previeron que un oscuro chofer pudiera están escribiendo parte del derrotero de una ínfima cantidad de la torta que se estaban llevando. Pero así fue. A veces los más grandes desfalcos terminan descubriéndose por tonterías. Tantas bromas y chistes se hicieron sobre los cuadernos “Gloria” con los que Kirchner manejaba la economía del país, desde los saldos de las exportaciones hasta las reservas del BCRA, que finalmente por unos cuantos de esos mismos cuadernos ahora podemos tener siquiera una idea aproximada de la calaña de gente que nos gobernó.