¿Por qué fueron posibles “El Pata” y “El Caballo”?

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Luego de la detención del “Pata” Medina, comienzan a conocerse más detalles del paso de este verdadero huracán por la ciudad de La Plata. Casi 700 edificios dejaron de construirse en la ciudad por la acción extorsiva de este señor.

Parece mentira que hasta la silueta física de una urbe pueda verse modificada por la conducta criminal de un embustero que usaba a los trabajadores para enriquecerse. Obviamente que esto es un detalle menor al lado de los puestos de trabajo que se perdieron, de las oportunidades que se bloquearon, de los sueños impedidos…

A esta altura deberíamos preguntarnos qué es lo que permite la aparición de estos personajes en la vida pública argentina y qué es lo que hace que duren en sus lugares tanto tiempo.

Hay dos elementos que hacen posible estos fenómenos: uno es el tipo de ley que nos hemos dado en materia laboral; el otro es la violencia.

Ya dijimos varias veces en este mismo lugar que la Argentina peronista implementó  un sistema de leyes especiales para regular el trabajo, no en general sino en particular, en lo que se llamó “estatutos profesionales por rama de actividad”.

Este engendro que alejó al país del Derecho Común y lo internó en un laberinto de disposiciones contradictorias, encarecedoras del costo argentino y con fuerte impacto negativo en la productividad del país, permitió que personajes como Medina o Suarez se encaramaran en los puestos de privilegio de los sindicatos, usando el populismo y a los propios trabajadores para construir imperios personales y familiares a costa de los bolsillos de aquellos a quienes decían defender.

Si el país hubiera estado gobernado por una ley común esto jamás hubiera ocurrido: fue la demagogia de los estatutos especiales lo que dio la oportunidad legal para la aparición de estos delincuentes.

Los trabajadores a su vez fueron estafados en su buena fe porque se les hizo creer que los estatutos especiales eran “conquistas” que conseguían para ellos los “Patas” y los “Caballos” y que, de alguna manera, esas “conquistas” los ponía en una situación de privilegio respecto de otros argentinos por ser ellos docentes, periodistas, albañiles, enfermeros, locutores, trabajadores estatales, peones rurales, portuarios, etcétera, etcétera.

Lo que no advirtieron fue que esos “privilegios” quedaban neutralizados (y, en la mayoría de los casos, superados) por el enorme costo que en su calidad de “ciudadanos consumidores” iban a recibir por cargar con los costos que acarreaban todos los otros “estatutos” que beneficiaban a los demás. En este juego de sumas y restas, cada argentino, en su calidad de “trabajador”, tenía UN estatuto que lo “defendía” y cientos (los que “defendían” a los demás trabajadores) que lo hundían, con lo cual siempre salía perdiendo como ciudadano consumidor.

Visto en retrospectiva, es bastante triste ver cómo millones de personas cayeron en esta trampa populista que encumbró a los Medina y a los Suarez y sepultó a los ciudadanos.

En segundo lugar, lo que hizo posible estos engendros  fue la violencia, apañada -y, muchas veces, usada- desde la política. En efecto, la política se valió de la mano de obra violenta que entregaban estos matones para meter miedo, para prepotear y para llevarse por delante al adversario. Esa sociedad de hecho entre políticos y violentos hizo posible mantener a estos últimos en sus lugares durante tanto tiempo.

En mucho de este fenómeno se basó también el extendido convencimiento de que este país solo podía ser gobernado por el peronismo, porque, efectivamente, lo que la gente veía era que si el peronismo no estaba en el poder ponía en marcha su maquinaria violenta (en donde los Medina y los Suarez cumplían un rol fundamental) para desestabilizar a quien gobernaba y, eventualmente, derrocarlo.

Este sistema funcionó así durante décadas. Y fue lo que tornó posible la creación de castas de millonarios en la política y en los sindicatos que lograron sus fortunas a costa del robo público.

Es cierto que a los contemporáneos de los acontecimientos, cualesquiera fueran ellos, se les hace difícil tomar verdadera dimensión de los hechos que ocurren mientras sus propias vidas transcurren. Quienes vivían la normalidad de sus días en 1789 cuando un grupo de franceses tomaban La Bastilla no podían tener dimensión real de lo que aquel hecho significaba. Pero luego, muchos historiadores tomaron lo que ocurrió ese 14 de julio como fecha para dar por terminada toda una era de la humanidad.

Con las distancias del caso, quizás, quienes estemos siendo contemporáneos de los hechos que vivimos hoy, no seamos del todo conscientes de lo importante que resultan. Estamos asistiendo, de alguna manera, al fin de una era: de una era en donde el monopolio de la fuerza no lo tenía el Estado sino que había sido en cierta forma “privatizado” a favor de caciques que contaban con leyes especiales y con prerrogativas para el ejercicio de la violencia.

Ojalá se vaya realmente a la raíz de los problemas y la solución no se detenga simplemente en reducir el impacto de las consecuencias. Para terminar con las desmesuras que vemos por televisión es preciso que la Argentina abandone el sistema de leyes especiales por rama de actividad y que desautorice el ejercicio de la violencia por facciones privadas al servicio de un sector político determinado.

Si esas dos reformas de fondo no se cristalizan podrán ir presos muchos “Medinas” y “Suarez” pero no desaparecerán las condiciones para que el sistema los vuelva a generar en el futuro.