Frente a una posibilidad peligrosa

Luego del delirio al que la sociedad se vio sometida ayer (delirio que se asemejó a un monumental túnel del tiempo en donde regresamos a flashes visuales del pasado, de un pasado autoritario, resentido, prepotente y divisor que no solo dibujó imágenes  de la inverosímil “década ganada” sino de tiempos idos hace 40 años) resulta apropiado preguntarnos si la secta que encabeza la Sra. Fernández no estaría dispuesta, en algún momento, a escalar a una etapa de violencia física o armada para enfrenta a quienes esa secta considera sus enemigos.

Fernández tuvo ayer varios pasajes en donde deslizó la idea de que la única representación legítima del pueblo es la que ejerce ella y que toda otra manifestación política que no cuente con su bendición es una dictadura opresora del pueblo.

Así calificó al gobierno de Macri a quien acusó de perseguirla porque, justamente, ella como encarnación del “bien”, es el objeto que el “mal” quiere destruir.

Este planteo es muy similar al que enarbolaron las tristemente recodadas bandas terroristas de los ’70 que, bajo el argumento de enfrentar una dictadura, saquearon el país a sangre y fuego. La Sra. Fernández y sus amanuenses insinúan la idea de que en realidad no perdieron las elecciones simplemente porque la diferencia no fue apreciable y, bajo ese mismo razonamiento, consideran al gobierno de Cambiemos como un usurpador de la voluntad popular.

En esa misma línea halla explicación la decisión de negarse a declarar ante el juez: “como el juez representa al gobierno opresor, no declaro”.

Es interesante, una vez más, recalcar el manipulado concepto de “voluntad popular” que utiliza Fernández. Para ella, de toda la sociedad solo una parte es el pueblo, el resto es la oligarquía opresora que asalta el poder para destruir a los débiles.

En ese sentido, sería saludable que la líder de esta secta nos ilustrara qué criterio utiliza para trazar la línea que divide al pueblo del no-pueblo. ¿Se trata de un parámetro económico?, ¿por ejemplo, “el pueblo está compuesto por todos aquellos que ganen hasta $12000”? En ese caso, ¿qué ocurría con los que ganan $ 12050? Ridículo.

Por lo demás, hay capitostes ultramillonarios que la siguen. Por ejemplo, ¿los Recalde, son pueblo o no-pueblo?, ¿Brancatelli?, ¿es pueblo o no-pueblo? ¿Será, entonces, que habrá que ir por el lado de cómo piensa la gente? Entonces, ¿se sugiere una caza ideológica según la cual, a resultas del pensamiento, se es pueblo o no-pueblo? ¿O más bien, nos sinceramos y decimos: “pueblo es el que está conmigo, sea pobre o millonario y no pueblo el que está en mi contra”? ¿Y no sería acaso eso la admisión más lisa y llana del fanatismo y del sectarismo?

Hay por supuesto entre estos dos puntos que marcamos una línea común: la posible apelación a la violencia como método para resolver la disputa “pueblo vs no-pueblo”.

En gran parte de los ’70, la épica guerrillera contó con el invalorable aval de que, en los hechos, había en la Argentina un gobierno militar, ilegítimo, inconstitucional y no-democrático. Así ocurrió desde 1966 hasta 1982, con el breve interregno de 1973 a 1976. Pero hoy en día vivimos una democracia plena en donde el gobierno que encabeza el presidente Macri fue el resultado de una elección limpia, democrática, en donde la secta que encabeza Fernández participó y perdió. Fue la verificación del paroxismo de su marido: “Hagan un partido político, ganen las elecciones y después hagan lo que quieran”. Fue lo que hizo Cambiemos.

La única diferencia es que Cambiemos no está haciendo lo que quiere. O, para mejor decir: para lograr implementar su programa de gobierno necesita del consenso de otras fuerzas legislativas (entre ellas el peronismo) y no puede imponer su voluntad como marcadamente hizo la secta de Fernández mientras gobernó.

De todos modos, este ingrediente de desafiar la realidad en la cara de los hechos (como sugiere alguien que insinúa que no perdió y que quien gobierna es una dictadura persecutoria del pueblo) no debería pasar desapercibido.

La Sra. Fernández con su línea de pensamiento -si es que se le puede llamar así a un conjunto de gritos altisonantes y prepotentes- sugiere claramente la idea de que ella encarna la resistencia popular a los designios de una dictadura.

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Es cierto que uno podría decirle: “Está todo bien Cristina, pero explicá de donde sacaste la guita y donde está la que falta”, como para bajarla a la tierra y dejarle en claro que no nos comemos su intento de ver si puede zafar de ser declarada chorra bajo el ropaje de la Revolución.

Pero eso no nos debería hacer bajar la guardia respecto de hasta dónde puede extremar su delirio y hasta dónde puede embarcar -incluso a incautos e inocentes- en un alocado intento por permanecer impune.

Ayer mismo, desarrolló este simpático concepto de “los fueros del pueblo”. Es decir, la idea de que ella está investida por la protección que le da “el pueblo” y que por ello no debe rendir cuentas ante la ley o la justicia que dicta o imparte la dictadura.

En noviembre de 1978 en Jonestown, Guyana, 918 personas fueron a la muerte en su delirio de seguir a su líder Jim Jones, el fundador del “Templo del Pueblo” (de nuevo, “el pueblo” ¡oh, casualidad..!) No había lógica para ese comportamiento, pero ocurrió porque en las sectas no hay lógica.  

En Medellín, la gente tenía en su casa fotos de Escobar Gaviria caracterizado como un santo, con velas y flores que lo veneraban. En América Latina miles y miles de jóvenes murieron, entregados al seguimiento de líderes mesiánicos.

No estamos hablando aquí de inventos o de fábulas inverosímiles. Esto ya ocurrió. En muchos casos hubo una vinculación del dinero y la riqueza con la explotación de la imbecilidad: “anda al muere por la Revolución mientras yo me hago millonario”. En otros hubo entregas más románticas en donde el líder no estaba mezclado en el tráfico de millones de dólares lavados, sino que era un idealista sincero, seguido por líricos violentos que mataron y murieron en nombre de una rosa.

Pero, una vez más, no deberíamos desatender la posibilidad de que se esté gestando esta locura. Fernández demostró ayer que está decidida a todo. Tiene tantos miles de millones en juego que no le importa llevar esto hasta el final. De lo contrario no habría entregado el espectáculo que nos brindó ayer. Y no hay nada más peligroso que alguien dispuesto a todo. Fernández tiene millones de razones para especular con que aun la muerte de los demás sea un precio bajo para su impunidad.