Francia, víctima de sus experimentos

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El domingo Francia elige presidente. El proceso electoral hasta ahora ha dado como resultado que las fuerzas que compiten (son en total 11 candidatos) se han fraccionado tanto que los que reúnen mayor intención de voto apenas superan el 20%.

Dado ese panorama y teniendo en cuenta el sistema electoral de doble vuelta, la ocurrencia del ballotage está garantizada.

La cuestión está en saber quiénes van a ir a disputar esa final. Tradicionalmente en los últimos 50 años el Partido por la República Francesa y el Partido Socialista han rivalizado por la presidencia, con algunos experimentos de cohabitación.

Lo que está ocurriendo hoy es que ese esquema se ha desmoronado y los dos partidos tradicionales no logran despertar interés en la sociedad, al menos por lo que dicen las encuestas previas.

En este escenario Marine Le Pen, la hija del tristemente célebre Jean Marie Le Pen, está concitando la mayor intención de voto y un candidato extravagante, Jean Luc Mélenchon, que reivindica la revolución (¿?) Cubana y a Chávez, la sigue de cerca.

Estos dos candidatos son la expresión de una derecha radical y de una izquierda radical; ambos promueven la salida de Francia de Europa y del Euro; uno repugna a los inmigrantes y propone un programa amplio de expulsiones y el otro (que hace llamar a su frente “Francia Insumisa”) promueve la dictadura del proletariado a la manera de Castro.

Francia siempre tuvo la particularidad de coquetear con la indecencia intelectual pretendiendo darle a eso el nombre de “sofisticación”. Francia es, en ese sentido, una quinta columna para el sentido clásico de la libertad occidental. En ella y en su aura glamorosa, lamentablemente, han encontrado refugio delirantes varios que han intentado llevar a la práctica sus teorías, por supuesto no en Francia, sino en otros países. América Latina ha sido, en ese sentido, una especie de bocatto di cardinale para estos afiebrados.

Esta es la primera vez que el país puede ser víctima de sus propios experimentos. Hablar de que en una república bananera del Sur pueda emerger un Chavez (y a la postre un Maduro), un Castro o un Kirchner hasta ahora ha sido posible. La realidad lo ha demostrado. Pero que esos delirios puedan ocurrir en el centro de Europa, en el país cofundador de la Unión Europea y en uno de los centros de ideas más prolíficos de la historia universal es una noticia alarmante.

Historicamente Francia se las ha rebuscado para presentarse a sí misma como un país pionero de las libertades públicas. Convenció a medio mundo no solo de que su Revolución de 1789 fue la primera que defendió los derechos civiles, sino de que fue una Revolución para ampliar la libertad.

El mundo se tragó ese sapo, al punto de que la mayoría de los historiadores identifican a julio de 1789 como la fecha en que termina la llamada “Edad Moderna” y comienza la “Era Contemporánea”: un relato absoluto.

La Revolución Francesa fue un movimiento radical de raíz fascista (fue a mi criterio el embrión de lo que luego sería el fascismo moderno) que desembocó en la autocracia imperialista de Napoleón.

Pero el mundo creyó -y en gran parte sigue creyendo- que Francia fue el ariete de la libertad universal. Falso.

El país siempre tuvo estos delirum tremens de hacer experimentos con las ideas y luego venderlas como avanzadas de la libertad. Siempre jugó con fuego.

Su propia sociedad, que no come vidrio, lo puso a salvo de su propia intelectualidad. Le permitió a ese conjunto de delirantes exportar sus alucinaciones, pero se cuidó muy bien de permitirles llegar a la casa de los presidentes.

Esto es lo que puede estar llegando a su fin en Francia este fin de semana: la sociedad puede estar en la antesala de entregarle el gobierno a los delirantes que antes solo dejaba que fueran fuente glamorosa de extraviados de ultramar.

¿Qué sucedería si eso ocurre? Seguramente, antes que nada, un castigo para los propios franceses que tomarían de la medicina que le hicieron probar a otros, permitiendo que el “sello de garantía” de su presunta prosapia figurara en la carta de presentación de esos alucinados.

En segundo lugar, un drama para Europa que vería como no de sus miembros fundadores se convierte en una República Bananera. Y, en tercer lugar, para el mundo que agregaría otra extravagancia a las que viene encadenando últimamente.

Obviamente queda la esperanza de que un último oxigeno inspire a parte de la sociedad para rescatar al país de este peligro. Pero no hay dudas de que quien coquetea por décadas con las entrañas del mal, aun cuando pretenda teñirlas con una sofisticación de oropel, tarde o temprano termina quedando a expensas de sus propios demonios. De esos que creía que era gratis exportar porque nunca jugarían tan cerca del Eliseo.