Ese delicado encanto de ser argentino

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Hace quince días el país se debatía en el infierno del atraso cambiario. Todos los comentarios formales e informales tenían como centro de atención el quedo del dólar. Que las economías regionales, que las exportaciones, que la competitividad, que la comparativa con el resto de la región… En fin miles de sabihondos de bar, hablando por radio, por televisión, en los diarios, en los bares, en los after office, en reuniones de amigos, en todas partes: “con este dólar no se puede…”

Ahora que el dólar subió $1, el país se zambulló a discutir la “escalada del dólar” y todos los mismos sabihondos de antes, comentan, en los mismos lugares que antes, el peligro del traslado a los precios, el impacto en el alza de los combustibles, etc, etc, etc…

No hay forma de que el argentino este en paz; es algo más fuerte que nosotros, no hay manera de que tengamos un minuto de sosiego.

Resulta realmente impresionante y esquizofrénica esta manera de vivir. Lo ideal sería que el país tuviera una moneda propia y con ella se manejara mientras las divisas extranjeras flotaran contra el peso local, centavo más, centavo menos. Pero los argentinos a través de sus gobiernos destruyeron la moneda local. El peso moneda nacional de hace 60 años perdió 13 ceros y, si me apuran, hoy debería perder otro más, porque nadie duda de que el billete de $ 100 es lo que hasta hace algún tiempo era el billete de $ 10.

En ese contexto de irresponsabilidad surge el comportamiento esquizofrénico y es también el comportamiento esquizofrénico el que da lugar a gobiernos que hacen pomada la moneda. Se trata de un círculo vicioso perverso.

Pero cuando uno quiere cortar los círculos surgen los problemas. ¿Quién aparece primero, el huevo o la gallina?, ¿la esquizofrenia o los gobiernos ladrones y corruptos?

Y no hay dudas de que aquello con lo que primero contamos es nuestro carácter; con nuestro temperamento, con nuestra idiosincrasia, con nuestra personalidad. Es eso lo que origina todo el resto, incluidos, por supuesto los gobiernos cleptómanos.

Tomemos otra delicia de estos días. El gobierno federal reanudó el servicio de trenes hacia y desde la ciudad de Mar del Plata. El convoy tardará siete horas en completar el recorrido de poco más de 400 kilómetros. ¿Cuáles fueron los comentarios? Pues cosas como estas: “¿Cómo puede ser que hace treinta años se tardara ‘cuatro horas y un ratito’ y ahora se tarden siete horas?” Y el sonsonete se repite y se repite como loros sin siquiera hacer memoria.

No era “cuatro horas y un ratito” el famoso comercial de la década de los’70 de Ferrocarriles Argentinos: eran “cinco horas y un ratito”. Además ese era un servicio especial –llamado ‘El Marplatense’- que corría directo entre las dos cabeceras sin parar. El que inauguraron Vidal y Dietrich estos días para en doce estaciones intermedias.

Se ha hablado hasta el cansancio de la necesidad de reponer los ramales de ferrocarril de los que la Argentina hizo gala hace 100 años. Pero cuando se pone en marcha uno, ahí le caemos con todas nuestras acideces. Somos francamente imposibles.

La destrucción de la infraestructura del país ha sido notoria bajo la democracia. En los últimos treinta años no se invirtió en prácticamente nada. Cuando vinieron buenas épocas, la plata se dilapidó entre populismo y robo descarado, como fueron -ya más allá de toda duda- los doce años de kirchnerismo.

Levantar este muerto va costar el esfuerzo de generaciones. Si a los pequeños pasos que se den le vamos a caer con nuestra esquizofrenia inmediatista, todo esfuerzo va a ser inútil.

Hoy los ferrocarriles pierden 4 veces más dinero por día que en los ’90, cuando Menem pronunció la frase, “ramal que para, ramal que cierra”. La manera de salir de ese atolladero es hacer que la producción de riqueza doblegue la pobreza y eso solo se logra reconstruyendo la infraestructura de base. Sin conexiones este país inmenso no podrá desarrollarse nunca. Porque la gente no tendrá movilidad quedando estancada alrededor de las grandes urbes (generalmente en villas miseria) y sacar la mercadería será carísimo.

Por eso cada vez que juzgamos -otra tarea predilecta del argentino- debemos como mínimo mantener las comparaciones de peras con peras y manzanas con manzanas y no mezclarlas aviesamente para hacer chistes fáciles que serán muy graciosos, pero que no ayudan en nada.

Estos dos ejemplos chiquitos y recientes sirven para definir ese delicado encanto del ser argentino, mezcla de tipo jodido, desmemoriado y bastante esquizofrénico que no duda en quejarse en días sucesivos con el mismo énfasis de situaciones opuestas y de echar mano de la mentira para no valorar lo que va en la buena dirección, cuando -quien lo genera- por alguna razón no le cae simpático.


  • Tonio de Almagro

    La rentabilidad de un sistema ferroviario debe medirse por su capacidad y celeridad en el traslado de cargas, para lo cual la infraestructura (vías, terraplenes, balasto, playas de maniobras, desvíos, señales, puentes, alcantarillas, comunicaciones, pasos a nivel, barreras, etc, etc,) funcionen adecuadamente bien para permitir la velocidad y tonelaje de carga de los trenes. Téngase en cuenta que un carguero con un centenar de vagones representan en volumen a más de ciento ochenta camiones con sus motores y choferes, y puede ser conducido por dos o cuatro personas. Luego, esas vías y demás elementos, al servicio de los trenes de pasajeros (históricamente deficitarios), posibilitarían el traslado por trabajo, placer, solaz y turismo a los habitantes que abonen una tarifa acorde a las distancias pudiendo competir con el transporte automotor en velocidad y economía.