¿Escuchamos bien?

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Como consecuencia del procesamiento de Hebe de Bonafini y otras personas involucradas en la estafa de Sueños Compartidos, la líder de las Madres de Plaza de Mayo difundió en los medios una especie de “comunicado” -como si fuera un General hablándole al país en medio de la Guerra de Malvinas- en donde se declara honrada por ser procesada por “este” Poder Judicial, en otro intento más por deslegitimar a las autoridades de la Constitución.

Pero el disparate no se detuvo allí. En un par de ocasiones, Bonafini pronunció dos palabras que deberían estar completamente fuera de su vocabulario porque son términos que representan todo lo contrario del modelo que Bonafini defiende.

Las palabras fueron “Constitución” y “libertad”. En efecto, si hay dos vocablos que son completamente opuestos a la idea que Bonafini quisiera ver impuesta en la Argentina (si fuera por la vía de la violencia, mejor) son justamente éstos, “Constitución” y “libertad”.

Y lo son porque uno -la Constitución- representa el gobierno equilibrado, el Estado de Derecho, la división de poderes, el sistema de pesos y contrapesos por el cual todos los poderes (el ejecutivo, el legislativo y el judicial se controlan entre sí y, en especial, el Congreso y los jueces limitan al Presidente), la vigencia de los derechos civiles e individuales por los cuales las personas son esencialmente libres de decidir sobre su vida sin intervención del Estado y, por supuesto, libres también de expresar sus ideas sin ser perseguidos.

Ninguna de esas ideas es compatible con el régimen que Bonafini quisiera ver reinar en el país. Ella defiende la dictadura de una nomenklatura que, utilizando al “proletariado” como excusa y carne de cañón, se instala en el poder para decidir sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que puede hacerse y lo que no, para confiscar toda la riqueza de la Argentina para luego robársela. Ese es el perfil que quiere imponer en el país. Bonafini es Lenin, Castro, Guevara, Chávez, Santucho, Maduro, Mao, Stalin, Firmenich… Eso es ella.

Tampoco quiere hacerlo de cualquier manera. No: lo quiere hacer violentamente, negando los instrumentos de expresión democrática y utilizando la fuerza de las armas en las calles para alcanzar el poder. Lo repitió varias veces durante su “discurso”: “los pueblos no defienden sus derechos en los Parlamentos o en la Justicia; los defienden en las calles y en las plazas”.

¿Qué otra manera hay de pretender ese ejercicio en las calles y en las plazas sin la práctica sistemática de la violencia y de la fuerza bruta?

La evolución del Derecho cruzó una trayectoria de 400 años para sacar a la humanidad de ese método para dirimir disputas que, justamente había sido utilizado durante los 5000 años anteriores al advenimiento del Estado de Derecho. Bonafini pretende embarcar a la Argentina en una involución filosófica milenaria, llevándola a ajustar sus cuentas, no con civilización, sino con machetes y fusiles.

La otra palabra -libertad- describe todo lo que Bonafini aborrece: que las personas sean dueñas de sus vidas y, con independencia de los gustos del Estado, decidan su futuro libremente, interactuando en un marco de civilización, igualdad ante la ley, respeto mutuo y completa autonomía de la voluntad individual.

Entiendo que la mera lectura del párrafo anterior haría vomitar a Bonafini. Ella no quiere gente libre que ande decidiendo por allí lo que quiere hacer con su vida. Ella -los regímenes que ella defiende- quieren engranajes esclavos que dependan sumisamente de lo que el Estado les provea para su subsistencia, amenazado con córtale la cabeza con una hoz a quien desafíe asomarla por sobre aquella mediocridad gris.

Ese debe ser el verdadero sentido del símbolo comunista de la hoz y el martillo: nada de trabajadores; cortar cabezas y martillar con un mantra que convierta a los ciudadanos en zombies.

Resulta entre triste y cómico ver a esta mujer hablando de la Constitución y de la libertad, cuando su objetivo en la vida es la imposición de un régimen de idea única en donde no valga más que la voluntad de un caudillo y los ciudadanos seamos siervos.

Es grotesca la imagen de Bonafini queriendo aparecer como una mártir orgullosa de ser “perseguida” por los poderosos. A usted, señora, la persigue la policía no “los poderosos”. Y la persigue por los delitos que cometió, por el dinero que robó, por los sueños vacíos que vendió, por las estafas que encarnó.

Hasta ahora ha tenido la suerte –derivada no sé de qué misterio- que los jueces no le iniciaron los múltiples juicios que tiene merecidos por incitar a la violencia, por hacer apología del delito, por la sedición a la que sus palabras públicas impulsan, por negarse a estar a Derecho de los jueces naturales de la Constitución.

Cada paso de su vida es una ofensa a la democracia. Cada palabra que sale de su boca es un insulto a la libertad y cada acción que propone es un ataque a la Constitución. Por favor, al menos tenga dignidad de abstenerse de usar palabras sagradas que, en su boca, no hacen otra cosa que llenarse de estiércol.