Entre la Libertad y Bugs Bunny

La propensión a hablar que tiene el peronismo es infinita. Aman la palabra. No tanto los hechos. Pero por las palabras mueren. Y al pretender llenar el espacio con palabras dicen estupideces inmedibles.

La última del presidente electo con su formidable embestida contra Bugs Bunny, el Gallo Claudio, Elmer, el Pato Lucas y el Correcaminos es para morirse de la risa.

Antigua, irreal, envidiosa, digna de una asamblea de imberbes en un colegio secundario de los años ’70 (porque ni siquiera puede decirse que semejantes sandeces sean temas de conversación en los colegios de hoy) la referencia de Fernández no puede hacer otra cosa que preocupar.

Obviamente la otra opción es dejarlo pasar, hacer como que uno no lo escuchó. Pero el tono doctoral que utiliza para exponerlo hace pensar que el nuevo presidente habla en serio y que cree en lo que dice.

Y es muy posible que lo crea porque en el gobierno de su socia, la TV Pública (que de publica solo tenía el presupuesto que la costeaba, porque por todo lo demás era una televisión de adoctrinamiento partidario) inventó el Paka Paka, con su personaje símbolo, Zamba, que se dedicaba a denostar a Sarmiento y a otros padres de la Patria desde su revisionismo infantil (y digo infantil no por el público a quien se dirigía sino para la pobreza intelectual de su desarrollo)

Entonces, si lo cree, hay que prestarle atención, porque es muy posible que muchas de las decisiones que tome pasean por el mismo tamiz de razonamiento con el que opinó sobre Bunny.

El argumento de fondo del presidente electo -la idea que detrás de cada uno de estos personajes está la macabra idea de un plan maestro para difundir el individualismo materialista y neoliberal- es de una endeblez y de una adolescencia tal que uno no puede dejar de preguntarse en qué está pensando.

Parece mentira que después de que tanta agua de fracaso haya corrido por debajo de los puentes socialistas se siga insistiendo en sus mantras como si nada hubiera pasado. Siguen con la cantinela del neoliberalismo, sin siquiera tomarse el trabajo de instruirse. No advierten que en todos los países que han tenido la desgracia de padecerlo, el socialismo ha prometido prosperidad pero solo trajo pobreza; habló de unidad pero produjo odio y discordia; dijo ir hacia el futuro pero siempre volvió a los capítulos más oscuros del pasado (como, sin ir más lejos, es esta ridiculez de los dibujitos animados). Todo esto no falla nunca: ocurre siempre. Y en todo lugar.

El socialismo es una ideología triste y odiosa arraigada en la ignorancia más elemental de la naturaleza humana. Por eso el socialismo siempre deviene en tiranía. El socialismo dice profesar el amor por la diversidad, pero lo único que persigue es la uniformidad y el pensamiento único.

Dice desvivirse por la justicia, la igualdad y la elevación de los pobres, pero en realidad solo hay una cosa que le preocupa, para lo que se organiza y para lo que trabaja: el poder para la clase gobernante. Y cuanto más poder obtienen, más quieren. Quieren manejar los servicios sociales, el transporte público y las finanzas; la energía, la educación, en fin, todo. No se conforman con menos del todo. Incluso los dibujos animados.

Quieren el poder para decidir quién gana y quién pierde, quien está arriba y quien abajo, que es lo verdadero y qué es lo falso, e incluso, quien vive y quien muere.

No hay nada menos democrático que el socialismo. En todos los lugares que avanza bajo la bandera del progreso, lo que trae, al final del día, es corrupción, explotación y decadencia.

Para todos aquellos que tengan dudas sobre los diferentes resultados que obtienen la libertad y el socialismo se pueden remitir a los logros que las mismas culturas logran bajo un régimen u otro.

Vean sin ir más lejos en que se han convertido los venezolanos de Venezuela y compárenlo con lo que han logrado en Doral o Weston, dos comunidades de la Florida, hiperpoblada por ellos. Son la misma gente. Es el mismo pueblo. Pero unos están gobernados por el socialismo y los otros por la libertad.

Lo mismo ocurre con los cubanos. Si alguien quisiera saber cuál sería el futuro de Cuba bajo un régimen libre, no tiene más que mirar a Miami. Es la misma gente, gobernada por lo que Fernández dice denostar en los dibujos del Gallo Claudio.

Si alguien dudara de lo que la libertad podría hacer en Nicaragua, no debería tomarse más trabajo que ver lo que esa comunidad ha logrado en Sweetwater, Florida.

Pero Fernández prefiere subirse a un imaginario Rocinante y emprenderla contra el Correcaminos, a quien culpa de ser el representante de todo eso que les permite a los venezolanos, a los cubanos y a los nicaragüenses triunfar en los Estados Unidos. La verdad que el empeño de su estupidez conmueve. De no ser trágico, sería cómico.

Si esta es una muestra de la grasada que nos espera, el futuro no es promisorio. El envoltorio de venta de Alberto Fernández bajo el argumento de que se trataba de un hombre sensato ha quedado reducido a eso: a un envoltorio. Todo su contenido es triste. Con el mismo grado de tristeza que inspira toda ignorancia, la misma en la desemboca, invariablemente, el socialismo.

Es curioso, porque el latiguillo de Bugs Bunny era “¿qué hay de nuevo, viejo?” Pues nada, viejo:

no hay nada nuevo en esta ideología cuyo principal mérito es insistir en la idiotez.