El socialismo y la envidia

Si uno tuviera que elegir uno y solo uno de los misterios más extraños que acompañan hoy a la humanidad no hay dudas que ese sería la supervivencia del socialismo en cualquiera de sus formas, todas ellas fascistas, por lo demás.

El socialismo no puede responder de modo indubitable un desafío sencillo como es nombrar un solo caso en donde su sistema haya resultado exitoso en términos de mejorar el nivel de vida de la gente. Se trata de una pregunta directa y sin rodeos frente a la cual un sistema altanero por definición como el socialista debería inundarnos de respuestas.

Pero lo cierto es que lo que uno escucha cuando hace esa pregunta es silencio, balbuceos o, a lo sumo, respuestas insólitas como “Venezuela” o “Cuba”.

Frente a este último caso (es decir, donde los interrogados responden “Venezuela” o Cuba”) habría que preguntarse por qué, entonces, millones de personas (literalmente) arriesgan sus vidas yéndose de esos lugares a pie, con lo puesto y con bebés a upa o, peor aún, nadando o en  improvisadas balsas, desafiando los tiburones del estrecho de la Florida.

Resulta muy curioso que lugares que hayan logrado bajar el Paraíso a la Tierra, de pronto, sean protagonistas de los éxodos más populosos de la historia humana.

Lo cierto es que la pregunta/desafío sobre el nombrar un solo caso de éxito socialista no tiene respuesta. El socialismo es, fue y será un fracaso donde quiera que se lo intente. En ese sentido, Francis Fukuyama tenía razón en 1993 cuando pronosticó el “fin de la historia”. Si por “historia” entendemos el largo itinerario humano que intenta responder la pregunta sobre cuál es el sistema de organización socio-económica que entrega mejores resultados a la hora de medir el standard de vida de la gente, no hay dudas de que es la democracia liberal capitalista la que permite a mayores porciones de seres humanos vivir mejor y disfrutar de mayores dosis de confort, expectativas de vida, salud y modernidad.

El socialismo -en sus diversas metamorfosis fascistas- tiene un solo aliado, Un aliado feo y con mala prensa pero que tiene una increíble fuerza entre los seres humanos. Ese aliado es la envidia. 

Por cierto en un clima de libertad socio-económica va a haber personas que avancen más que otras. No obstante que el sistema siempre las mejorará a todas (si se compara esa situación con lo que ocurriría bajo cualquier otro sistema no-liberal) es cierto que los más capaces, los que más se esfuercen, los que más trabajen, los más ingeniosos, los más creativos, van a avanzar más en términos de standard de vida que los demás. Si quieren ser brutales, seámoslo: va a haber gente que tenga más plata que otra. 

Sin embargo la gracia del capitalismo liberal es que genera una afluencia tal que todos son “arrastrados” hacia arriba, estando proporcionalmente mejor que lo que estarían bajo cualquier otro sistema. Y la apariencia visual general será de igualdad. Porque llega un momento que el vestuario, las casas, los viajes o los autos a los que pueden acceder quienes ganan 20 millones de dólares por mes no son muy diferentes (en apariencia) de aquellos a los que acceden los que ganan muchísimo menos. 

En EEUU por ejemplo, en donde el servicio doméstico es una especie de lujo asiático, no es extraño que la señora que llega a una casa a limpiar los pisos lo haga en una camioneta Toyota de última generación que, seguramente, compró a crédito pagando U$S 200 por mes. Probablemente su empleadora tenga estacionada en el garaje una camioneta BMW, pero, en todo caso, ¿a quién le importa la diferencia? La señora que limpia y su “patrona” probablemente vayan al mismo supermercado y seguramente, para las dos, no sea inusual viajar en avión.

Tomemos este último caso como ejemplo de lo que está ocurriendo en el país. El gobierno ha tomado la decisión (aún con una cantidad increíble de limitaciones) que empiecen a operar en el mercado más líneas áreas de bajo costo. Hoy vuelan en el país 7 millones de personas que en 2015 no volaban. ¿Cuál es, entonces, el país elitista y cuál el “democrático”? ¿Y quiénes eran los beneficiarios del encierro, del monopolio estatal y del cepo aeronáutico? ¿La gente o los capitostes de Aerolíneas y los sindicatos? Dicen los irónicos que el socialismo tiene tres clases de adeptos: 1.- los que aspiran a formar parte de la casta que lo domina todo; 2.- los que creen que van a recibir algo gratis y 3.- los que no entienden nada. El caso del mercado aéreo en la Argentina es un buen ejemplo para confirmarlo.

El socialismo, para subsistir (dada su inherente ineficiencia e ineficacia) se ha basado en dos pilares: uno, ya dicho, la envidia, para inundar la mente de la gente con mensajes incendiarios de furia, odio y rencor; y el otro la violencia y la fuerza. El socialismo no es viable sin el ejercicio de la fuerza, por eso es, en el fondo, un experimento militar, en donde fuerzas armadas sostienen el régimen. Así ocurrió en todo el bloque soviético luego de la Segunda Guerra Mundial y en todos los regímenes de repúblicas bananeras que trataron de imitarlos, como, obviamente, es el caso de Venezuela y Cuba.

Además el socialismo siempre comienza por ser un movimiento de minorías, de élites. Nunca el socialismo fue el resultado de un fervor mayoritario. Siempre comenzó con minorías muy violentas, muy activas, con capacidad de infiltración en las usinas culturales de los países, y siempre echando mano de la demagogia, el nacionalismo y, por supuesto, la envidia. En la Argentina las diversas formas de socialismo puro no alcanzan al 5% de los votos, pero, sin embargo, siguen generando caos social.

Sin la envidia el socialismo no sería viable. Sin la explotación de ese sentimiento subalterno de la naturaleza humana, el socialismo perecería como el hombre muere de inanición. La envidia es el nutriente más formidable con el que cuenta el socialismo. Si la humanidad no conociera ese sentimiento rastrero, el socialismo no solo estaría terminado sino que no habría visto la luz del día.

Solo la alimentación maliciosa de que la diferencia de las tenencias es una consecuencia buscada expresamente por las élites adineradas le permite al socialismo subsistir. Para ellos no cuentan los millones y millones de ejemplos de gente que, contando con nada, pasó a la abundancia en los sistemas libres. Para ellos solo cuentan las palabras incendiarias que inflaman la envidia.

El conflicto de la humanidad para saber qué idea la favorece más está terminado hace largo tiempo. Solo el hecho de que la naturaleza humana está compuesta tanto por buenos sentimientos como por malos, hace posible que la discusión continúe. Si imaginariamente borráramos de la naturaleza humana la envidia el socialismo caería por la fuerza de su propia inoperancia.