El sentido común de la delincuencia

Lourdes Espíndola tenía 25 años y era policía. Después de luchar contra la muerte durante tres días, murió luego de que un delincuente le pegara un tiro en el cuello. No ha habido hasta ahora un solo pronunciamiento de las asociaciones de defensa de los derechos humanos. Tampoco una sola palabra del colectivo “Ni Una Menos”, ni de otros tantos que representan la lucha contra la violencia de género.

Lourdes y su pareja evaluaban dejar la policía porque temían recibir un tiro en cualquier momento. Defendían a la sociedad contra la delincuencia que nos asalta, nos roba, nos mata. Su muerte fue definida por un funcionario de la provincia de Buenos Aires -Francisco Pont Vergés, secretario de política criminal- como el resultado de una “mala racha” que ocurre de vez en cuando.

La “mala racha” sucede hace mucho tiempo en la Argentina. Más del recomendable, por cierto. Y está muy lejos de ser eso, “una mala racha”. Lo que ocurre aquí es que los tantos entre el bien y el mal no están claros. Existe una completa esquizofrenia respecto de cuestiones tan elementales como aquello que es correcto y aquello que es incorrecto.

Sin embargo, la sociedad no cayó en ese desvarío de modo inexplicable y sin que nadie sepa por qué. Al contrario, el estado actual de situación respecto de la profundísima confusión que nos afecta fue provocado abierta, descarada e intencionalmente por un conjunto de mal paridos que se han propuesto dar vuelta como una media los valores morales, no ya de la sociedad argentina, sino de aquello que debe condenarse y de aquello que debe recompensarse, como una manera de estar alineado con el orden cósmico del Universo.

En el mundo existe un determinado sentido común de las cosas que, de lo general a lo particular, puede decirse que gobierna las decisiones de las autoridades en un vasto abanico de temas que abarcan las más variadas temáticas socioeconómicas, desde la lucha contra el crimen hasta las recetas económicas que regulan las variables financieras de los países.

En efecto, la capacidad que tienen las sociedades de adaptarse de modo suave y tranquilo al orden natural y corriente de las cosas tiene relación directa con el nivel de paz y progreso en el que viven: a más alineamiento con el orden natural y corriente de las cosas más paz y más progreso; a mayor rebeldía contra esos principios más violencia y más miseria.

La Argentina hace rato que se rebeló inútilmente contra el orden natural y corriente de las cosas. Aquí va preso el policía que mata a un delincuente y queda libre el delincuente que mata un policía; aquí pagan impuestos ocho millones de personas para mantener a 40 millones (a sí mismos y a otros 32 que viven de planes del Estado pagados por sus impuestos); aquí el Estado no te permite ajustar los balances por inflación pero te mata si te atrasas en el pago de un impuesto; aquí el que trabaja por su cuenta y busca abrirse camino solo en la vida es un paria, mientras que el que trabaja en relación de dependencia es una especie de Dios intocable cuyas protecciones desbordan las arcas de un barril sin fondo; aquí los que buscan trabajar tienen las calles cortadas y los vagos cortan las calles; aquí los jueces liberan violadores y los legisladores mantienen los fueros de los chorros; aquí la gente inocente pone rejas en sus casas (una manera de vivir en prisión) y los delincuentes andan sueltos por las calles; aquí la ley es obligatoria para el honrado y optativa para el deshonesto; aquí la Justicia defiende a los que deben y condenan a los que tienen; aquí se vitorea la pobreza y se condena el éxito; aquí se honra al pobre y se señala al rico como la última basura; aquí la emulación ha sido reemplazada por la envidia.

Semejante trastoque del orden Universal no es gratis. Los países lo pagan con una enfermedad social llamada esquizofrenia, que ocurre cuando todos los parámetros normales susceptibles de ser deducidos por la aplicación normal del sentido común, no funcionan.

Cuando lo anormal es normal y cuando lo normal es anormal se pierde toda unidad de medida para vivir gregariamente en sociedad.

Las muertes de inocentes, sean policías como Lourdes o civiles, tienen nombre y apellido en la Argentina. Son años de una contracultura que comenzó la dictadura peronista (definida como tal no por mí ahora sino por el propio Perón en los años ’40) y que siguió con el adefesio comunistoide que, camuflado en el peronismo, se las arregló para copar aquellos puntos clave, neurálgicos, desde donde se diseña el sentido común medio de la sociedad (la academia, la justicia, la escuela, las artes, el colegio, la cultura, los sindicatos, el periodismo, la universidad, el cine y el teatro, la televisión, etc)

Desde esos lugares, hace 70 años que vienen bombardeando la mente argentina con su mensaje contra-universal; con la idea de que el orden “natural y corriente de las cosas” es un invento burgués que debe ser erradicado de la tierra argentina para ser reemplazado por otro orden que es el que ellos han impuesto y que es el que hoy nos gobierna. Por eso los policías van presos y los delincuentes están libres; por eso los honrados son perseguidos por el Estado y los informales son invisibles a sus redes fascistoides.

Mientras ese zaffaronismo generalizado (que no solo ha infectado la Justicia y la ley penal sino que ha penetrado el mecanismo de razonamiento nacional) siga gobernando la Argentina, seguirán muriendo inocentes y no pasará nada. Porque el orden natural y corriente de las cosas “argentino” indica que lo “normal” en esos casos es que no pase nada. Si tendríamos un revuelo nacional en el caso inverso, como ocurrió con Chocobar. Pero mientras los que mueran sean los decentes, nada ocurrirá en el país donde reina el sentido común de la delincuencia.