El secreto encanto del aburrimiento argentino

Cuando ya siendo abogado abracé la profesión de periodista pensé que nunca iba a aburrirme. Pero hoy, 30 años después, sé que estaba equivocado. De no ser por las variantes que le fui encontrando a mi trabajo en otras áreas que no tienen nada que ver con la política y la economía, hoy sería el periodista más aburrido de la Tierra.

La Argentina es un país tan obvio, tan espeluznantemente previsible, que te quita las ganas de intentar de proponer una visión diferente. Siempre pasan las mismas cosas, y cualquiera, periodista o no, que simplemente haya sido testigo de las noticias de los últimos 30 años sabe cómo terminarán los acontecimientos que en algún momento pueden haberse presentado como “sin precedentes”; como siempre: en nada.

Toda esa pertinaz y constante repetición de lo mismo durante años y años, de ver cómo los delincuentes se salen con la suya; de cómo los ladrones de guante blanco finalmente eluden la Justicia; de cómo la Justicia es una institución, en última instancia, cómplice de tanta basura y de cómo, de alguna manera, la promueve, cansa, aburre, desanima.

El espectáculo que los tribunales federales que tienen las causas de los Kirchner están dando a la opinión pública es muy triste y no por repetida, obvia y previsible, deja de causar repugnancia.

Tres juzgados federales -los orales 5, 2 y 8- están haciendo todo lo posible para que la verdad no se sepa, para que los chorros se salgan con la suya, para que no se sepa dónde fue a parar el dinero robado al pueblo, y para que un conjunto asqueroso de delincuentes se rían en nuestra cara, disfrutando de sus fechorías y preparándose para seguir sodomizándonos.

Como estaba previsto dentro de la obviedad de la Argentina, el único integrante de la banda de chorros que gobernó el país entre 2003 y 2015 que no tenía fueros, se enfermó. Un clásico de la Argentina. Cualquier persona que haya seguido los acontecimientos de la política de las últimas décadas podría haberlo preanunciado con precisión milimétrica sin necesidad de ser un avezado analista.

Florencia Kirchner, como antes lo hizo el banquero Trozzo, fue diagnosticada repentinamente con una rara enfermedad que solo podría ser tratada en Cuba. Y hacia allá fue. En avión. Aunque ahora, paradójicamente, dice que no está en condiciones de subirse a uno para regresar, lo que probaría que su estadía en el paraíso castrista la empeoró en lugar de mejorarla.

El Tribunal Oral Federal 5 ordenó que como máximo regresara al país el 4 de abril. Pero inmeditamente se declaró incompetente en la causa y le trasladó los 38 cuerpos que la forman al Tribunal Oral Federal 2. Este no la aceptó y ahora deberá decidir la Cámara quién es competente. Mientras sigue corriendo el tiempo de la prescripción y también el aumento de las toneladas de yeso que la familia Kirchener encarga para que no se le disloque la mandíbula de reírse tanto a carcajadas.

Por su parte el Tribunal Oral Federal 8, contrariamente a la perentoriedad que aplicó el TOF 5, emitió una resolución permitiéndole a Florencia Kirchner permanecer en Cuba hasta el 15 de abril. Marchen más toneladas de yeso.

Toso esto sucede en la propia cara del pueblo. Frente a esa misma cara, el senador Pichetto -que aparece últimamente como la mismísima voz de la razonabilidad- dice sin que se le mueva un pelo que hay que tener mucho cuidado con lo que él llama la “judiacialización de la política” (esto es, que los funcionarios electos o designados deban dar, ante la ley, cuenta de sus actos mientras ejercieron cargos públicos).

Pichetto enarbola la teoría de que todo ese ruido es más perjudicial que beneficioso y que es mejor “dejar pasar las cosas”. Pone incluso un ejemplo práctico y cuenta que antes del “mani pulite” Italia era la novena potencia del mundo y que ahora se debate en el puesto 30.

La conclusión es la consagración urbi et orbi de la teoría “roba pero hace”, es decir, aquella postura que deja a los chorros usar al Esa6do para enriquecerse personalmente a cambio de que hagan algo para la gente.

Lo que olvida Pichetto, si es que su hipócrita postura es un tiro por elevación para dejar libre a los Kirchner, es que éstos SOLO robaron, porque ni siquiera hicieron nada para el pueblo, salvo inundarlo con un tsunami de mentiras que, otra de las tipicidades de la Argentina -su idiotez ideológica-, ayudó a que se lo creyeran.

Por eso la Argentina aburre. Todo es igual. Todo es previsible. Todo el mundo sabe que nadie pagará por lo que hizo, salvo los ladrones de gallinas. Todo el mundo sabe que los encumbrados delincuentes se van a enfermar el día anterior a que tengan que declarar. Todo el mundo sabe que a los fiscales les va a pasar algo cuando estén a un paso de descubrir algo (que aparezcan muertos, que alguien los denuncie por extorsión en un juzgado amigo o cosas por el estilo). Todo el mundo sabe que una guerra de competencias entre juzgados hará que el tiempo siga pasando para que los delincuentes especulen y se salgan con la suya.

Todo el mundo sabe que el arquero del equipo que va ganando 1 a 0 a los 89 minutos se va a lesionar en un hombro al salir a cortar un corner contrario. Todo el mundo sabe todo. Y todo el mundo se ha acomodado -ya de sobra- a este sistema vil, corrupto, repugnantemente aburrido.

La Argentina no tiene destino. No hay un solo indicador frío y aritmético que aliente la esperanza de una mejora. Todos se enderezan a dibujar un perfil oscuro y de baja estofa. Es lo que hay. Los países se hacen a imagen y semejanza del promedio social que predomina en su ámbito. Y este es el promedio social que la Argentina ha construido en el último siglo: un país de buscas, de taitas, de “vivos”; un país que vive de espaldas a la ley y que fue moldeando la ley para terminar de convertirla en un orden que condena al que trabaja y premia al que la burla.