El principio del fin de los Estados Unidos

Si se llegaran a concretar algunas de las especulaciones demócratas que los múltiples precandidatos de ese partido están haciendo públicas en los EEUU, podríamos estar a las puertas del comienzo del derrumbe del país tanto desde el punto de vista económico como institucional y social.

Una generación después de que el presidente Bill Clinton declarara que la “era del Estado grande ha terminado”, los candidatos de hoy están envueltos en una lucha para ver quién aparece con la propuesta más estrambótica para, justamente, agrandar el Estado.

Cuestiones que han provocado la decadencia argentina y que hicieron que nuestro país cayera del primer puesto en el PBI mundial per cápita a posiciones cercanas al puesto 100 de hoy, son las que los candidatos demócratas están proponiendo como plataformas para las próximas elecciones primarias del partido.

Colegios gratis, programas sociales pagados por el Estado y hasta subsidios por nacimiento (¿les suena familiar?) son algunas de las propuestas que diversos precandidatos están haciendo públicas hoy.

La mayoría ha elegido las redes sociales para publicitar estos programas, incluyendo a los senadores Elizabeth Warren de Massachussetts, Kamala Harris de California y Bernie Sanders de Vermont.

Este último obviamente quiere colgarse la cucarda en el pecho de haber sido el primero en hablar de estas iniciativas en la campaña de 2016, diciendo que ahora están siendo consideradas por la mayoría del pueblo americano.

Si lo que dice Sanders es verdad, es decir, que la mayoría del pueblo americano considera estas propuestas como viables y aceptables, entonces es verdad también que podríamos estar siendo contemporáneos del inicio del fin de lo que hemos conocido como los Estados Unidos de América y ser testigos “privilegiados” del comienzo de la transformación del país más innovador del mundo en una nueva república bananera.

Si los Estados Unidos, “la tierra de los libres y el hogar de los valientes” -como dice su himno- se va a transformar en un pueblo de apichonados llorones haciendo colas públicas para que el Estado los alimente, se habrá acabado la más fabulosa fuente de inspiración a la libertad, a la innovación y a la creatividad que el mundo haya conocido desde el Big Bang hasta hoy.

Los Estados Unidos han sido, en efecto, la contracara de las soluciones estatistas que las culturas europeo-continentales le han ofrecido al mundo en el último siglo. El país ha sido una especie de faro que señalaba el camino inverso, el camino de que no hay cosas “gratis”, de que alguien en última instancia paga por los bienes y servicios que se crean y prestan y que la idea misma de que el “Estado” es un barril sin fondos, sin responsabilidad y sin responsables es una idea falsa, además de inútil.

Pero hoy, esas fortalezas, a la luz de lo que se escucha en varios de los candidatos demócratas, parecen tambalear. Aturdidos por la fuerza del populismo demagógico y apoyados en una corriente de legisladores nuevos entre los que se encuentra, por ejemplo, Alexandria Ocasio Cortez, electa para la Cámara de Representantes por New York y otros entre los que incluso se cuenta a Joe Biden, el ex vicepresidente de Barack Obama, muchos norteamericanos podrían estar sentando las bases de su definitiva decadencia.

Biden, que confirmó que se presentará a las primarias como precandidato, aseguró que es él el que tiene la agenda más progresista del partido, pretendiendo obturar el crecimiento de los candidatos más izquierdistas del partido.

En la Cámara de los 235 representantes demócratas, 98 forman el bloque progresista, 101 el bloque de la Nueva Coalición Demócrata (formada en los tiempos de Clinton) mientras que los otros 15 integran ambos.

Esta lucha interna está protagonizada por políticos que se formaron luego de los ataques de septiembre de 2001 y de la crisis económica de fines de la presidencia de Bush y está motorizada por una base de activistas liberales (en el sentido norteamericano de la palabra) que se han independizado del establishment del partido. Esa lucha probablemente vaya a ser definida por las inclinaciones de los millennials y las minorías.

Una encuesta llevada a cabo por el diario Wall Street Journal en colaboración con la NBC muestra que los miembros más jóvenes del partido tienen ideas más estatistas que los de más edad y que los afroamericanos.

El 57% de los demócratas de entre 18 y 34 años tienen ideas compatibles con el agrandamiento del Estado, comparados con el 47% que piensa así entre los demócratas de 35 a 64 años. Cerca del 55% de los demócratas blancos comparten esas ideas comparado con el 45% de los afroamericanos.

Algunos disparatados incluso propones peligrosísimas ideas institucionales como la eliminación del Colegio Electoral y agregar media docena de jueces a la Corte Suprema de Justicia (de vuelta, ¿les suena familiar?)

Hasta algunos de los eslóganes de los candidatos recuerdan los de las repúblicas bananeras irresponsables que insuflan desde sus demagógicos dirigentes ideas populistas a la mente de sus pueblos, en el afán de convencerlos de que la gratuidad “para todos” es posible y que si los votan a ellos la van a conseguir.

No hace falta mucho esfuerzo para recordar los mantras kirchneristas de la Argentina que incluían desde el “futbol para todos”, hasta el “asado para todos”, “milanesas para todos” y otras tantas decenas de “para todos” más.

En EEUU el “para todos” preferido es el que tiene que ver con el sistema de salud y el picasesos elegido es el “Medicare for all”.

Sanders es obviamente el abanderado de eso, pero 10 de los 16 precandidatos de las primarias han endosado esa iniciativa, seis han respaldado otra de las suyas (universidades públicas “gratis para todos”) y otros ocho apoyan una nueva legislación “verde” con normativas más severas para con el medio ambiente.

Toda esta fábula de la gratuidad es la típica demagogia populista que ha hundido a las republiquetas latinoamericanas y a ha hecho tambalear, incluso, a varios países más serios de la propia Europa. La idea de que un grupo de iluminados puede ganar los sillones del Estado y desde allí jugar el rol de un gran rey mago que ofrece cosas gratis y terminadas “para todos” sin saber quién, cómo y a qué costo se van a producir, es lo que se halla en la raíz del fracaso del socialismo, del fascismo, del comunismo y de otros movimientos aun más berretas, como el peronismo y el chavismo.

La sola idea de que  nada más y nada menos que los EEUU hayan comenzado un peligroso coqueteo con estas ideas hace correr frío por la columna vertebral.

Ojalá Dios los ilumine para evitar caer en este conjunto de giladas que no hace otra cosa que alimentar la corrupción, la flaccidez social, la abulia por el trabajo y, finalmente, la vagancia y decadencia moral.

Si bien el país siempre se caracterizó por no mirar mucho los ejemplos extranjeros (y eso, justamente, los haya ayudado a estar inmunes -por lo menos hasta ahora- a muchas de las barrabasadas que el mundo cometió en los últimos 100 años) quizás en esta ocasión les sería útil estudiar lo que le ocurrió a cierta promesa mundial, situada al sur de Bolivia, que, de ser la gran estrella que impactaba al mundo por su imparable crecimiento, pasó a ser un fracaso estrepitoso que aun asombra a quien pretende explicarlo.