El plan y qué hay que hacer frente a él

Foto:  Enrique Garcia Medina
Foto: Enrique Garcia Medina

El gordo se reía socarronamente recostado sobre el sillón mientras los demás departían entre aseveraciones políticas y chistes malos. El gordo trasmitía, con su lenguaje corporal, una imagen de superioridad desdeñosa como si todo lo que hablaban aquellos “sabelotodos” no sirviera para nada, sin que siquiera ellos lo supieran. Los dejaba hablar como para que se dieran el gusto, pero estaba atento para hacer su entrada triunfal.

Era la previa de las elecciones de 1999 y la ocasión era un cumpleaños familiar en Morón, en un ambiente de punteros y allegados a la política. Todos hablaban a los gritos y se disputaban la cucarda de tener el último chisme sobre el resultado electoral. La mayoría anticipaba el triunfo de De la Rúa con ese experimento político que había hecho nacer tantas esperanzas: La Alianza. Pero obviamente, y más bajo aquellas condiciones, nadie se animaba a dar por muerto al peronismo que apostaba al ex gobernador de Buenos Aires, Eduardo Duhalde.

Cuando aquellos amigos hicieron un alto, el gordo vio su oportunidad. Con el mismo aire de superioridad que cualquiera hubiera observado en él mientras se reía solo viendo a sus amigos, les dijo, “¿ya está?, ¿ya se tranquilizaron?, ¿ya se desahogaron…? Bueno, ahora déjenme decirles lo que va a pasar… De la Rúa va a ganar, porque los peronistas nos tenemos que deshacer de la herencia de Menem y hacer que quede bien claro que el peronismo perdió por el rumbo que él le dio al movimiento… Una vez que De la Rúa asuma y se acabe la luna de miel, vamos a empezar a entorpecer todo, a complicar la situación económica con paros, cortes, medidas de fuerza, reclamos… Lo vamos a desgastar y vamos a crear un clima de impaciencia… Cuando ganemos las elecciones de 2001 todo ese clima va aumentar y a fin de año vamos a generar un buen quilombo, incluso con muertos, para tomar el gobierno… Habiéndonos deshecho ya de la herencia de Menem, volverá el auténtico peronismo al poder… Así que ustedes pueden seguir hablando y hablando pero lo que va a pasar es esto…”

El relato es absolutamente verídico. Reservamos los nombres por motivos obvios, pero los hechos ocurrieron tal como aquí se detallan.

Dos años después de aquel cumpleaños, muchos de los reunidos se acordaron del gordo, sobre cómo les había adelantado, paso por paso, lo que iba a ocurrir. “Es el peronismo, estúpido”, dice Fernando Iglesias.

¿Podría existir un plan igual ahora? Los paralelismos son innegables. El peronismo viene de un periodo traumático en el que una tendencia extrema lo secuestró para usar sus estructuras para el robo. Del mismo modo que el kirchnerismo copó las instituciones del Estado para cumplir los objetivos de esa asociación ilícita se había trazado, también manipuló el poder del peronismo para cooptar voluntades y ganar apoyo popular.

Por eso el peronismo necesitaba desesperadamente “deskirchnerizarse” y para eso era preciso una debacle electoral que pusiera sobre la mesa la cabeza de los responsables de modo indubitable: no había que dejar lugar para las dudas; el peronismo perdía por culpa de los K.

Completada esa etapa, en la que se valdrían de la estrella fulgurante de Macri, comenzarían con la siguiente: el esmerilamiento del poder del nuevo gobierno a partir de mil complicaciones, planteos imposibles, paros, cortes de calles, reclamos, demandas económicas de toda especie, etcétera, etcétera.

Con esa estrategia en plena ejecución, la idea es llegar a las elecciones de 2017 plantando en la mente de la gente la imagen de la ingobernabilidad, de un gobierno jaqueado por los reclamos, por las demandas sociales, por las quejas y por las expectativas incumplidas.

Ganando las elecciones intermedias, el plan avanzaría hacia una etapa de mayor conflictividad, -con la posibilidad, incluso, de tirar algún muerto- para acusar al gobierno de represivo y de salvaje y a partir de allí generar el caldo de cultivo necesario para expulsar a Macri de la presidencia.

¿Alguien podría decir que esta proyección es descabellada? Por supuesto que no. Es la propia historia de la Argentina y del peronismo la que le da sustento y credibilidad.

¿Cómo podría el gobierno evitar que este plan tenga éxito? Respuesta: Cortando la base de sustentación entre la generación de caos social y la adhesión al caos social. El caos no avanzará si solo barrunta en la cabeza de una minoría de delincuentes.

¿Y cómo hacer para cortar la relación entre la generación del caos y la adhesión al caos? Respuesta: mejorando la performance económica individual de los argentinos.

¿Y cómo mejorar la performance económica individual de los argentinos? Respuesta: por la llegada de inversiones nuevas que generen trabajo y buenos salarios.

¿Y cómo atraer inversiones nuevas que generen trabajo y buenos salarios? Respuesta: cambiando el orden jurídico que rige en el país e introduciendo nuevas leyes que estén en directa concordancia con la letra y el espíritu de la Constitución y derogando todas la que lo contradigan.

¿Y cómo cambiar el orden jurídico? Respuesta: convocando, por un lado, a los mejores juristas, tributaristas, constitucionalistas, y economistas para que preparen un orden jurídico nuevo como si estuviéramos en 1853; y, por el otro, a los que se identifiquen con lo que Schiaretti acaba de llamar “peronismo republicano” para firmar una Moncloa argentina que detenga el caos, haga visible a quienes lo quieren provocar y ponga la competencia política en un lugar de decencia y caballerosidad que la saque del bajo fondo peronista y la coloque en un escalón de civilización similar al que gozó la Generación del ’80.

Si esta oportunidad se deja pasar y se facilita la ocasión para que el plan que el gordo anticipó en Morón hace 17 años se lleve a cabo, el país perderá la última oportunidad que le regaló el destino y caerá de nuevo en manos de los mafiosos. Hay que empezar ya. Hay que dejar la soberbia de lado y empezar ya. El gobierno, que suele ser muy altanero con aquellos que lo quieren ayudar y muy blando con aquellos que buscan su caída, no dispone de demasiado tiempo. Y nosotros, el país entero, tampoco.