El peronismo, siempre el peronismo

No es ninguna novedad que el peronismo es ladino, sucio, jodidamente mal parido.

Tiene una larga historia de embustes, complots, conspiraciones que lo emparientan con golpes urdidos en las sombras, con componendas con quien sea que fuere (militates, guerrilleros, contra guerrilleros, clérigos, laicos, revolucionarios de oropel) para tumbar a quien le arrebata el poder.

Desde que Mauricio Macri asumió el gobierno no se ha dejado de joder.

Mientras se hacía el “buenito” consiguiendo plata para sus gobernadores mandaba a sus hordas a la calle, práctica y literalmente todos los santos días para hartar a la gente con pedidos imposibles, reclamos alocados y constantes acciones que socavan la democracia.

El peronismo encarna la anti modernidad típica de los populismos nacionalistas. Reivindica el encierro, el corte de los lazos comerciales con el mundo. Su desideratum lo expresa la célebre frase del economista de los militares Aldo Ferrer, “vivir con lo nuestro”, justamente como hacen los miserables, aquellos que no tienen donde caerse muertos y están obligados a arreglarse con lo que tienen, que es, por lo general, apenas algo más que la nada.

El peronismo es el enemigo de lo que Carl Popper llamaba “la sociedad abierta”, es decir una organización social horizontal, libre, dueña de si misma y con capacidad para ejercer el juicio crítico. El peronismo encarna todo lo contrario a eso.

El peronismo es primario, primate, en el sentido técnico de la palabra. Apela a sentimientos bajos, a los más bajos del ser humano, aquellos que se distancian del cerebro y se acercan a los genitales. Es irracional, prepotente, violento. No entiende razones, su terreno es la pasión.

Pero no aquella pasión que se necesita en toda empresa, sino la que surge de la furia, del rencor, de la bronca incausada, de la violencia por la violencia misma.

Esta semana sendas facciones del peronismo van a un paro y a una movilización. Más masa, más muchedumbre, más fuerza, más prepotencia. Menos raciocinio, menos pensamiento, menos de todo aquello que caracteriza a los seres humanos y más de aquello que caracteriza a los que no piensan.

El peronismo ha sido astuto en explotar ese costado argentino. Nunca usó el poder con su efecto docente para sacar a la sociedad de esas características malévolas: al contrario las profundizó para valerse de ellas en su propio provecho, mientras dejaba a los pobres desgraciados que lo siguieron en la más denigrante pobreza.

Por supuesto que su última versión ha sido la peor, agregándole un nivel de corrupción nunca antes visto ni siquiera en sus propias filas, algo de por sí muy difícil de conseguir.

El peronismo tiene la particularidad de generarle al país problemas inmensos cuando está en el poder y luego, desde la oposición, pararse en el lugar de la demagogia para dar lecciones acerca de cómo se solucionan los problemas que él mismo generó.

Explota al máximo ciertas características negativas de la sociedad argentina, que no sé por qué le teme a la competencia, le teme a la libertad y tiene un intríngulis interno irresuelto contra todo el mundo, que es casi un intríngulis contra sí misma.

El peronismo es confabulador, trama en las sombras lo que disimula en la superficie y no mide ninguna consecuencia (incluida la muerte) con tal de estar en el poder.

Los argentinos de bien -que en muchos casos son peronistas por herencias ancestrales- deben advertir estas bajezas. El peronismo es eso: bajo, es rastrero, de andar con el puñal abajo el poncho.

Cambiemos ha cometidos muchísimos errores, de todo orden. Pero también es justo decirlo, no ha tenido -no le han dado- un minuto de paz.

Aquellos días del año inicial donde parecía que el peronismo ofrecía una cohabitación civilizada, solo eran una pantalla para conseguir dinero para sus jurisdicciones: es lo único que le importa, la plata y el poder.

Es capaz desde mandar ejércitos de los suyos a tocar porteros eléctricos para pedir comida o ropa para trasmitir la impresión de la pobreza, hasta pagar muchedumbres que ni saben lo que reclaman, ni por qué lo reclaman, ni muchas veces, a qué organización pertenecen, como decenas de veces lo han demostrado las imágenes de los movileros de la televisión, que se quedan sin respuesta cuando les preguntan a los “manifestantes” “¿usted sabe por qué está acá?

El peronismo tiene una debilidad por los diciembres. El calor debe exacerbar sus más rastreros sentimientos y aprieta al máximo, hasta coquetear con la propia muerte, muchas veces concretándola.

La Argentina debe domar republicanamente al peronismo, antes de que el peronismo dome populistamente a la Argentina. Es el partido del siglo, en donde solo habrá un ganador.