El Mercosur y Venezuela

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Hoy comienza la reunión del Mercosur en Mendoza en donde entre otra cosas la Argentina entregará la presidencia pro tempore del grupo al presidente Temer de Brasil.

Pero naturalmente la atención de esa reunión no pasa por esas formalidades burocráticas en un ente que ha demostrado ser justamente más un cúmulo de burócratas que otra cosa, sino por saber que terminará decidiendo el bloque sobre Venezuela, el miembro cuyo ingresó forzaron en su momento el kirchnerismo y el lulismo.

Venezuela es una lisa y llana dictadura, donde el gobierno militar asesina jóvenes por la calle por oponerse al oprobio, a la injusticia, al hambre y a la miseria. Maduro se ha convertido en lo que siempre oscuramente fue: un déspota descontrolado, dispuesto a matar a quien ose desafiarlo en una megalomanía que lo ha llevado a admitir públicamente que el sinónimo entre él, la patria y la democracia ya no es un metamensaje subliminal sino una afirmación pública, dicha a los cuatro vientos.

Frente a esta locura, el Mercosur ha adelantado que no aplicará sanciones económicas para no profundizar el sufrimiento del pueblo venezolano. Si bien uno puede admitir la lógica del razonamiento, inmediatamente piensa que se implementarán sanciones políticas, consistentes en la expulsión de esta ofensa a la democracia en la que se ha convertido el país del líder que habla con los pájaros. Pero no. Parece que tampoco, frente a estas muestras acabadas de lo que Venezuela es, el bloque está decidido a hacer algo concreto.

En ese sentido hay que distinguir la postura del presidente Macri que –especialmente desde que Malcorra dejó la Cancillería- se ha mostrado particularmente enérgico en la condena al régimen chavista, tanto dentro del país como en sus charlas con los pares internacionales con los que se ha encontrado últimamente.

Pero si son ciertas las expectativas grupales de asociación con la Alianza del Pacífico y con la Unión Europea, el Mercosur no puede seguir dando este espectáculo un minuto más: debe actuar y actuar rápido y severamente contra la dictadura de Maduro y sus secuaces.

Una mera declaración en donde los países miembros manifiesten su “profunda preocupación por los acontecimientos que golpean al hermano pueblo venezolano” no es ni será suficiente: Venezuela debe ser expulsada del bloque, si el resto de los países no quieren que el mundo les aplique el famoso refrán de “dime con quién andas y te diré quién eres”.

Pero si el pauperismo mental de los miembros plenos del Mercosur es de por sí desconcertante y causa estupefacción, mucho más lo es el hecho de que se este sopesando la opinión que podrán tener respecto de esta cuestión los presidentes Bachelet y Morales, de Chile y Bolivia respectivamente que revisten la calidad de “asociados” o “adscriptos” al bloque pero que no son miembros plenos.

La pregunta que cabe aquí es ¿desde cuándo la postura de un socio “adherente” tiene más o igual peso que las de un socio pleno? O, ¿desde cuándo los socios plenos deben estar “asustados” por lo que vayan a pensar los adherentes?

Lo que esconden, más bien, todos estos vericuetos son excusas para no hacer nada, y para que  Maduro pueda continuar con su aquelarre revolucionario.

Francamente dan pena. Para seguir con este modelo es preferible que la Argentina se autoexcluya de esa payasada e inicie un camino de acuerdos de libre comercio bilateral con todos los países abiertos del mundo con los que pueda acordar condiciones convenientes: Chile, Australia, Canadá, los EEUU, la Unión Europea, Japón, Nueva Zelanda… Será mucho más saludable política y económicamente eso que seguir perteneciendo a una asociación que, además de ser un sello de goma inservible, le permite a uno de sus miembros matar de hambre y a tiros a sus compatriotas sin hacer nada al respecto y prefiriendo jugar el papel de un mero espectador antes que el de un escudo contra el yugo y la dictadura.