El increíble punto en el que se encuentra la Argentina, cuatro años después

El presidente Macri que está regresando ahora a Buenos Aires ha dicho que inició un camino que no puede abandonar, haciendo directa referencia a su candidatura a la reelección presidencial en octubre.

También ha dicho que entiende que parte de la sociedad ha hecho candidata a Cristina Kirchner y que la Argentina debe decidir si quiere volver a un pasado que nos retrasará y nos aislará del mundo o reafirma el camino que Cambiemos representa.

En estas frases del presidente se encierra quizás el mayor fracaso de su gestión y la explicación de la mala performance de la economía.

El período de gestión de Macri no fue suficiente para construir una alternativa democrática en la Argentina. Está claro que el peronismo carga con su responsabilidad en esto: durante todo este tiempo no fue capaz de generar anticuerpos que lo instalaran definitivamente como un partido moderado que condena el populismo, el aislamiento internacional, la radicalización y el robo.

Ha habido declaraciones, sí, pero todas a medias tintas y siempre guardándose en la manga un as de especulación, por las dudas si olfatea que una porción electoralmente decisiva de la sociedad sigue inclinándose por esos delirios.

Naturalmente, al decir esto, nos encontramos con otro cómplice del eventual desastre: esa parte de la sociedad que sigue considerándose representada por la prepotencia, la obcecación económica, el atraso, el populismo y la creencia de que es efectivamente posible conseguir cosas gratis a fuerza de exigirlas con intimidación y violencia.

Pero el presidente y el gobierno también llevan una cuota de responsabilidad en no haber podido dar a luz a una oposición sensata que lograra interpretar la realidad de modo diferente al gobierno pero sin con ello adoptar formas radicalizadas que destruyen el sistema.

Esa espada de Damocles -la expectativa posible de que un partido o un sector violento, populista, radical y aislacionista gané de nuevo las elecciones- explica también el fracaso económico.

Un periodo de cuatro años en un espacio breve de tiempo cuando se lo compra con la persistente década larga de desastres que la Argentina acarreaba. De modo que quienes tenían en su disponibilidad la posibilidad de producir un cambio en la Argentina (porque su poderío económico efectivamente podía cambiar la ecuación) exigieron, naturalmente, un horizonte más amplio que cuatro años; pidieron que el país diera muestras de que la ambivalencia entre la cordura y el disparate había acabado.

Y ni Macri, ni el gobierno, ni el peronismo (ni mucho menos, claro está, quienes están emparentados directamente con el disparate) han podio dar esas garantías.

El período presidencial se está consumiendo sin que haya habido señales efectivas, certeras, perdurables y concretas de que el país (no una parte de él) ha entendido que la política tal como se llevó adelante en las últimas siete décadas ya no es más posible.

No ha habido señales para los tomadores de decisión de que la Argentina está decidida a cambiar un orden jurídico que la tiene ahogada y cada vez con menos oxígeno: al contrario los amagues que se hicieron volvieron para atrás en cuanto encontraron las primeras resistencias.

Obviamente, en esas condiciones, no hubo inversión, no se multiplicó el PBI, no creció la producción y las variables no solo se estancaron sino que retrocedieron.

El gobierno tuvo que recurrir a la deuda voluntaria primero y al FMI después para seguir pagando una cuenta estatal cada vez más infinanciable.

Resulta curioso y paradójico aquí cómo el camaleón peronista presenta dos frentes contradictorios: por un lado aprieta con exigencias de gasto de toda naturaleza y, por el otro, se queja de que Macri está endeudando al país, sin advertir, claro está, que sin ese endeudamiento los cheques que el peronismo reclama que se paguen desde el Estado no podrían haberse pagado.

El presidente quizás en un exceso de buenismo equivocó su estrategia desde el primer día:

-No declaró públicamente el inventario de desastres que heredaba

-No puso sobre la mesa el plan real que debía llevarse adelante para revertir la realidad (si lo hacía al menos hubiera quedado claro que él tenía una idea clara de lo que hacer y, eventualmente, que otros eran los responsables de no dar el apoyo legislativo necesario para llevarlo adelante)

-No delineó un plan para bajar el gasto y los impuestos de modo de trasladarle a otros la responsabilidad por no apoyarlo. Al contrario aumentó el gasto y la estructura estatal apostando a que su sola llegada iba a enviar un mensaje a la comunidad inversora que haría crecer la economía de un modo más que proporcional, diluyendo así el impacto del gasto como porcentaje del PBI.

-No la emprendió con todas las letras contra la figura de Cristina Kirchner: la dejó vivir en la esperanza de que la gente se “iba a dar cuenta sola” de los estropicios de su administración corrupta.

Este combo de negaciones nos ha traído hasta aquí: a un escenario en donde el país vuelve a quedar preso de elegir entre una coalición moderada que fracasó económicamente o una alternativa populista radicalizada que viene recargada por la sed de venganza.

¿Estará arrepentido el presidente en su fuero íntimo? ¿Se preguntará en las noches por qué no se animó arremeter contra lo que él sabía que había que arremeter? ¿Se reprochará su “suavidad”?

Solo su almohada lo sabe. Nosotros solo sufrimos las consecuencias.