El glorioso San Martin en la era de los Gloria

El recuerdo de la muerte del General San Martín toma este año un significado particular. Rodeados de un chiquero espectacular, con entregas por capítulos de una novela sencillamente increíble que cuenta cómo se confeccionó y se llevó adelante el robo más extraordinario de la historia a las arcas públicas -a los bolsillos de todos nosotros- recordar a un hombre que dio todo lo que tenía y más por hacer de la Argentina una nación grande y orgullosa, es tan contrastante, tan obscenamente contradictorio que no puede menos que producir en nosotros un fuerte choque emocional.

San Martín era un líder, un líder positivo, como se lo conocería en la jerga actual. Desafortunadamente su arrojo dio vida a un país que se caracterizaría, casi un siglo más tarde, por la aparición constante de líderes negativos, líderes tóxicos, que envenenaron la mente de la sociedad a punto tan que hoy son muchos los que dudan (entre los que me incluyo) que el mal pueda encontrar, alguna vez, algún remedio.

San Marín fue un líder querido por sus subalternos. Él pensaba en ellos antes que en sí mismo. De hecho San Martín era un hombre muy enfermo, con muchísimos problemas de salud acumulados y no obstante ellos imaginó el cruce de Los Andes como una estrategia final para eliminar definitivamente la amenaza española al territorio argentino y de paso liberar Chile.

Para hacerlo abrió un frente teórico de casi 800 kilómetros en la cordillera (algo impensable incluso hoy) para despistar al enemigo y terminar cruzando por el lugar más inverosímil de los que estaban “disponibles” en ese momento.

Confrontar esa hazaña con la pequeñez en la que el país ha caído hoy resulta francamente demoledor. Ver cómo la Argentina ha sido saqueada sin asco desde los más altos sillones del Estado para enriquecer a una familia inescrupulosa y a una casta de impresentables delincuentes, duele en el alma.

San Marín probablemente resuma en su persona lo que fue una raza de hombres que desgraciadamente el país no repitió, pero que indudablemente lo hicieron posible, cuando esto no era más que un desierto infame. Belgrano, Alberdi, Echeverría, Sarmiento, Miguel Cané, Mitre, Avellaneda, Roca… Eran hombres de una estatura impensada hoy en día. El país debería sentir una profunda vergüenza por no haber podido reproducirlos y, al contrario, dar lugar a personajes como Rosas, Perón, Videla, Firmenich, Santucho, Abal Medina, Menem, Kirchner y otros tantos que a la luz de la “revolución” y de la “justicia social” dieron vida a un monstruo que no hizo otra cosa que robar, estafar y defraudar a generaciones de argentinos que, de haber nacido con su norte en la gloria, terminaron estrolados contra las verdades de los cuadernos “Gloria”.

El presidente Macri tiene una verdadera oportunidad delante de sí. Todos sabemos que no es un líder carismático y muchos dudan acerca de si es simplemente un líder. Pero lo sea o no, eso no borra la enorme chance que se configura delante de su persona. Él tiene en su mano la posibilidad de limpiar de cuajo un sistema corrupto de connivencia entre lo peor del Estado y lo peor del sector privado.

Está claro que no puede intervenir en las actuaciones de la Justicia. Pero sí puede en lo que de él depende, proponer al Congreso un proyecto de ley que cambie por completo el sistema de contrataciones del Estado.

No debería contentarse en ese sentido con su fascinación por la tecnología y las nuevas técnicas de Internet. Esas reformas son demasiado poco para lo que el país precisa en materia de renovación legal.

Aquí todo el orden jurídico aplicable a la contratación de obra pública debe ser cambiado; el país necesita una trasparencia sanmartiniana en ese terreno.

La sociedad está esperando que de este desastre surja algo diferente. Pero los ejemplos que otros países nos dan respecto de este tema encienden alarmas en algunos casos. Italia cayó en manos de Berlusconi luego del Mani Puliti; Brasil debate sus preferencias entre un preso –Lula- y un delirante -Jair Bolsonaro (que, si fuera argentino, parecería que surgió de un sarcástico casting de apellidos)-; EEUU produjo, después de todo, un Trump.

El presidente Macri debería estar leyendo todo el horizonte que se le presenta delate de sus ojos. Es cierto que la economía no le da un tranco de pollo como para que pueda sacarle todo el jugo posible a la presente situación. Y no me refiero a un “jugo” personal; me refiero a un “jugo” sanmartiniano, a un “jugo” para el bronce, a un jugo que se traduzca en un orden nuevo que corte el flagelo de la corrupción o lo limite a una expresión mínima que no vuelva a poner a la sociedad al borde de la quiebra económica y moral como está hoy.

Porque, dicho sea de paso, no me cabe ninguna duda, a esta altura, que, de no haber mediado el inconmensurable robo kirchnerista durante doce años, la Argentina -y fundamentalmente- los argentinos no estaríamos atravesando las penurias económicas que nos tocan luego de haber disfrutado entre 2003 y 2015 de las mejores condiciones internacionales de que el país tenga memoria y, probablemente, San Martín también.