El G20 en Buenos Aires

La próxima cumbre del G20 que se desarrollará en la Argentina plantea interrogantes, dudas e incertidumbre que muy posiblemente no se vean evacuadas en esa reunión que se desarrollará en Buenos Aires sobre el fin de la semana que viene.

La heterogeneidad del grupo, sin dudas, contribuye a que ese sea el resultado más probable. Y la particular situación por la que atraviesan varios de sus países miembros también.

EEUU y China, posiblemente los dos jugadores más importantes de este tablero están enfrentados en una guerra comercial que es muy difícil que concluya o tanga algún avance en la reunión de Buenos Aires, como algún afiebrado lo sugirió, dando a entender incluso que la Argentina podía ser una especie de mediador entre los dos gigantes. A veces uno siente que la estupidez no tiene límites.

Europa -que en mucha medida tiene duplicada su participación porque la Unión Europea tiene presencia por sí misma y luego, Francia, Italia y Alemania la tienen como países individuales- atraviesa una situación confusa.

Precisamente una de ellas es el Brexit, que traerá a una Theresa May envuelta en las consecuencias quizás no pensadas de esa decisión que el Partido Conservador subestimó en su momento. Hoy en día el Reino Unido teme por los efectos económicos de una calentura circunstancial que nadie sabe cómo resultaría hoy si el referéndum volviera a producirse.

Las cuestiones que tienen que ver con los flujos migratorios que se han convertido en un caballito de batalla para grupos ultras que proponen directamente disolver la Unión Europea, tampoco va a tener avances significativos la semana que viene.

Otro tema es el papel de la Argentina como organizador y presidente de la Cumbre. ¿Podrá el país manejar con un nivel mínimo de organización una reunión que en el mundo se ha caracterizado por convocar a violentos que quieren manifestarse contra ella?

Desgraciadamente dentro de nuestras propias fronteras estamos teniendo inconvenientes marcados para imponer el orden sobre el caos y la ley sobre las revueltas. No hace mucho una plaza entera de Buenos Aires fue destruida para obtener de ella 14 toneladas de piedras que luego fueron arrojadas contra la policía. Esta semana, sin ir más lejos, todos veíamos como un grupo de lúmpenes de la hinchada de All Boys hacía retroceder a la policía, que literalmente huía de la horda  para evitar morir en sus manos.

La Argentina tiene grupos violentos (muy minoritarios pero muy violentos y con alto poder de destrucción) que el gobierno de Cambiemos y en especial el de Horacio Rodríguez Larreta han subestimado.

Esta gente debe tener pensado y desarrollado un plan de ataque a propiedades públicas y privadas que no sabemos si alguien está previendo o si se hizo algún tipo de inteligencia sobre ellas. Recordemos que la última reunión del G20 en Hamburgo, es decir en un país como Alemania que no anda con vueltas a la hora de imponer el orden, fue muy complicada de controlar y que dejó un saldo de destrucción de vastas áreas de la ciudad que no logró poner en caja a los violentos.

Está bien que en Europa los globofóbicos contaban con la ventaja de la cercanía y con la posibilidad de llegar a ciudad sede en masa y por vía terrestre lo cual facilitaba su logística.

Aquí estamos lejos y los puntos de llegada aparecen más acotados. Pero el dinero del que disponen estas organizaciones bien puede pagar mano de obra lumpen local para producir daños y violencia. Ojalá las fuerzas locales en coordinación con las que acompañan a los distintos jefes de Estado puedan tener la situación bajo control.

Luego está lo que algún histórico de la Argentina llamó “efectividades conducentes”, es decir, concretamente aquellas cosas que pueden resultar útiles -en este caso para la Argentina- y que se diferencian del oropel vacío que no conduce a nada.

El país, durante la presidencia de Macri, ha tenido la visita de varias personalidades de la más alta influencia en el mundo de hoy y hasta organizó el llamado “mini Davos” en 2016 en la esperanza de convertir aquella reunión en un trampolín hacia la llegada de flujos de inversiones productivas para la nueva etapa que Cambiemos pensaba encarar. Nada se obtuvo de todo aquello. O muy poco, en comparación con las expectativas.

El gobierno ha hecho mucho desde su pusilanimidad política para que eso pasara. Manteniendo latente el fantasma del cristinismo y de la propia persona de la jefa de la banda, Cristina Fernández (porque según los gurúes electorales del gobierno eso aumentaba sus posibilidades de ganar la reelección) el presidente se pegó un tiro en su propio pie económico porque si bien una Fernández candidata lo ayuda políticamente (cada vez menos), una Fernández viva y libre le retrasa sus especulaciones de recuperación económica porque nadie invertiría con la espada de Damocles de un regreso del populismo sobre sus cabezas.

Desde ese punto de vista las esperanzas oficialistas de que la cumbre del G20 marque un antes y un después en el status económico de la Argentina, son cada vez más lejanas.

Desgraciadamente, como ocurre con las personas individuales, también los países dependen del “clima” en el que un acontecimiento tiene lugar. Así como ocurre que las mejores oportunidades pueden caer en saco roto si la actitud de las personas no está atravesando su mejor momento, también con los países -si estos no atraviesan por su mejor vibra- puede ocurrir que los grandes foros y las grandes pompas no sirvan para nada.

Y lamentablemente por diversas circunstancias el gobierno no supo construir una “vibra” positiva en todos estos años. Porque no tuvo explicaciones, porque no tuvo pericia, porque equivocó las medidas, por lo que fuera. Pero lo cierto es que el gobierno de Cambiemos desperdició 3 años sin enfrentar con la verdad los problemas que heredó. Si ese estado mental, que es mágico e intangible pero que es a la vez muy real, existiera quizás la Argentina podría esperar otros resultados de la cumbre del G20. Con el ánimo actual, será muy difícil.