El dilema de Macri

Supongamos que Macri gana la reelección en segunda vuelta en noviembre.

Ese triunfo seguramente será ajustado, como lo fue el de 2015.

Aquel porque al candidato le dijeron “o aceptas un triunfo por 2 puntos o te quemamos el país” (recuerdan que los camiones con las urnas tuvieron que ir a refugiarse en el Regimiento Uno de Palermo, en un episodio que nunca se esclareció), y éste porque la situación no da para esperar otra cosa. 

Una situación, obviamente, que fue el resultado de un cúmulo de torpezas del propio gobierno y una serie de conspiraciones urdidas por los mismos que amenazaron quemar el país hace cuatro años.

Lo cierto es que en el mejor de los casos para Cambiemos el triunfo se logrará solo por un puñado de votos.

La pregunta es si ese triunfo será de por sí suficiente para avalar las reformas que son imprescindibles no ya para que el país despegue sino para que logre subsistir.

En este primer mandato el gobierno tuvo que recular en los intentos por llevar adelante todas y cada una de las reformas que se requieren en los campos provisional, laboral y tributario.

En el caso laboral a lo único que pudo aspirar fue a un blanqueo (tampoco concretado) porque frente a lo demás todo lo que escuchó fueron amenazas de más incendios.

En materia tributaria, pese a la ínfima intención de bajar algunos impuestos, todo terminó en un feroz incremento cuando debió enfrentar la crisis cambiaria de 2018 de la mano del Fondo Monetario.

¡Y que decir de la reforma provisional que para reemplazar una simple fórmula (que dicho sea de paso hoy termina confirmándose como mucho más favorable para los jubilados) el Congreso debió soportar una lluvia de 15 toneladas de piedras.

Frente a estas manifestaciones autoritarias de los que perdieron, es completamente normal preguntarse qué ocurrirá si Macri gana a fin de año pero los predicadores del fascismo siguen manteniendo el control de la calle y, sobre todo, del Congreso.

El diario La Nacion comenzó ayer una serie interesante de notas semanales sobre el fenómeno de Vaca Muerta.

En el primer artículo se prueba más que suficientemente que la cuestión legal sigue siendo el fiel de la balanza por donde pasa el futuro de esa explotación que podría dar vuelta al país como una media.

Los modestos progresos que se han hecho en un lugar que debería ser algo equivalente a la California de la fiebre del oro, se han hecho gracias a los acuerdos laborales especiales que se hicieron con el gremio de los trabajadores del petróleo. Y esos avances fueren pasitos de pollo al lado de lo que se precisaría.

Del mismo modo (en el primer artículo de la serie publicado ayer se calcula que hay unos 1000 pozos perforados de los 25000 a 35000 potenciales) Vaca Muerta aparece como con el freno de mano puesto, como si tuviera un motor rateando, porque el riesgo argentino, el tipo de legislación, la inseguridad jurídica y el factor “Cristina” hacen que los inversores no terminen de decir volcar la fenomenal fortuna que se necesita para hacer del yacimiento el verdadero emporio que es.

Se calcula que si el ritmo de la explotación fuera el actual, llevaría unos 150 años sacarle el jugo a esta bendición que, de ese modo, dejaría de serlo porque se estima que en ese momento el mundo ya no usaría combustibles fósiles.

Vaca Muerta podría multiplicar por 20 el PBI argentino. Pero para hacerlo necesita un tipo de ley que un Congreso populista como muy probablemente sea votado en octubre no aprobará.

Y así, como en Vaca Muerta, lo mismo ocurre con todo el abanico productivo argentino.

¿Por qué Macri no explica esto?, ¿por qué el maravilloso Dr Carmela no organiza un plan comunicacional para trasmitirle este nudo gordiano al pueblo si es que es tan genio de las tácticas electorales como se dice?

Nadie puede contestar estas preguntas. Nadie se explica cómo todo esto no se dijo durante el primer gobierno; nadie entiende cómo se quemó tanto tiempo.

Es una verdadera paradoja que un presidente amenazado con un incendio nacional desde el mismo momento en que se olfateó su triunfo haya “quemado” sus propias alternativas por no haber podido trasmitirle a la gente lo que de verdad había que hacer.

¿Podrá hacerlo en un eventual segundo mandato? Tampoco nadie lo sabe. Pero un se pregunta por qué podría hacer ahora, algo que no pudo hacer antes.