El acto de Fernández

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El tono delirante de Cristina Fernández hizo juego con la metáfora electoral que utilizó en el estadio de Racing: “Si Evita viviera votaría a Cristina, Perón a Taiana y los dos juntos a Unidad Ciudadana”.

Por un momento al empezar a escuchar la frase, pensé que diría “Si Evita viviera seria Montonera”, tal como rezaba uno de los apotegmas de los ’70. Pero aun cuando no lo dijo hay mucho de aquello en la frase que, la jefa de la banda delictiva que gobernó el país entre 2003 y 2015, pronunció en el “Cilindro”.

En efecto, su intención de compararse con los rasgos de violencia verbal y con la clara antología del vandalismo que caracterizaron a la mujer de Perón de los años ’40 y ’50 no es nueva. La simbiosis entre lo que en los ’70 se llamaba “la tendencia” y lo que hoy busca rescatar desesperadamente la señora de los hoteles, ha estado presente desde hace tiempo en su retórica radicalizada.

Es notorio como reserva el voto de Perón para Taiana, como si reconociera que al “viejo león herbívoro” le gustara un poco más la paz y el sosiego antes que tanto grito extraviado.

Pero de una forma u otra, lo que no advierte la Sra. Fernández es que su reloj atrasa. Ya no solo quiere que la Argentina vuelva al infierno de lo que fueron sus doce años de gobierno: pretende eyectarla hacia el precipicio en el que entró luego de que terminara la Segunda Guerra Mundial.

Nunca antes se había visto un esfuerzo tan denodado como inútil para llevar a un país hacia los dinosaurios.

Lo peor es que ya ni siquiera los números de la economía o los corcovazos que debimos dar para enfrentar las primeras consecuencias de sus delirios y los centenares de bombas de tiempo que dejó enterradas, le dan la razón: hoy la economía está creciendo a paso firme, la tasa de inversión aumenta y hasta el consumo se ha recuperado.

La “Jefa” vive en un mundo imaginario. Lucha denodadamente para no ir presa por los múltiples delitos que cometió en la función pública, lugar al que llegó para saquear, tal cual lo establecía el plan de la asociación criminal que ayudó a formar mucho antes de que su marido se hiciera del poder.

La banda que se robó millones de dólares de todos nosotros no se formó una vez instalada en el gobierno. Los sillones del Estado fueron un objetivo del plan maestro por el cual fue constituida; no un lugar que los hizo dar cuenta de la oportunidad que se les presentaba. Ellos llegaron al gobierno sabiendo lo que iban a hacer. Y comenzaron a ejecutarlo desde el primer día. Para corroborarlo no hay más que consultar el registro de sociedades y verificar la fecha de constitución de Austral Construcciones SA.

La pantalla de Unidad Ciudadana –el nuevo nombre con el que pretende que la gente olvide al derrotado Frente para la Victoria- no es más que eso: una pantalla. Lo único que obnubila a esta señora es zafar de la cárcel. Se negará a sí misma tres veces, como Pedro hizo con Jesús, si es necesario.

Prueba de ello es que hace días declaró que no era kirchnerista, sino peronista, cuando antes se vanagloriaba de detestar a “ese viejo de mierda”. Es como si uno negara su propia sangre. Pero con la señora todo es posible. Uno puede escuchar de su boca las más grandes contradicciones, las más absolutas mentiras y las tergiversaciones más inverosímiles sin que se le mueva un pelo. Es como una actriz en un escenario: un conjunto disfrazado y maquillado de embustes.

Casi nada de la actual “Jefa” es cierto: ni su ropa, ni su tono, ni sus poses, ni –por supuesto- sus aseveraciones. Todo es un enorme libreto que tiene como meta seguir engañando a la gente con demagogia barata y con faltas a la verdad. Todo con el objetivo de evitar que la Justicia haga su trabajo.

Su discurso no destila nada nuevo: solo el echar mano al mismo resentimiento de siempre; al discurso divisor y activista que jamás abandonó. De sus entrañas brota el mismo rencor inexplicable que animaba a Eva. Ninguna de las dos aceptó nunca un pasado que no pudieron procesar y contra el que decidieron luchar a fuerza de enardecer el odio ajeno.

Resulta francamente lamentable que un país entero haya sido usado para canalizar una frustración mal tratada. Y no una sino dos veces. Se trata de algo así como un privilegio al revés: alguien que puede valerse de un disvalor para hacerse diferente a los demás y además valerse de su sometimiento.

Dios quiera que el enorme perfume a pasado que emergía de las tribunas del Cilindro reverbere solo en sus antiguas instalaciones. Que allí se funda para siempre y quede sepultado entre sus imaginarios escombros.