¿Dónde se ubica la Argentina?

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Salvo una referencia puntual al caso de Venezuela e Irán que hizo Mauricio Macri durante el debate del domingo pasado, la ubicación de la Argentina en el mundo en términos de sus relaciones internacionales quedó completamente ausente.

Sin embargo, ese tópico es crucial para un país, para cualquier país. Es más, aun en las actuales circunstancias, en que la situación económica argentina es un desquicio producto de los disparates de Axel Kicillof y de la presidente, la ubicación de la Argentina en el mundo juega un papel fundamental en las consiguientes soluciones de sus problemas.

Daniel Scioli no respondió aquellas preguntas simples. No dijo que haría con Venezuela y con Irán. No dijo si su gobierno reclamaría por la militarización del gobierno en Caracas, por los presos políticos o qué haría con el memorandun de entendimiento con los acusados por la voladura de la AMIA.

Si bien hubo un minuto de silencio por respeto a las víctimas del atentado en París sigue sin quedar claro donde se encuentra ubicada la Argentina en esta encrucijada. La presidente, no hace mucho, dudó sobre la veracidad de las decapitaciones televisadas de ISIS. Insinuó que podrían tratarse de un montaje, de una puesta en escena cinematográfica.

Luego en New York reclamó por el trato que se le dio a Bin Laden, cuando fuerzas SEAL le dieron muerte en Paquistán.

Ahora que las fuerzas del mal golpearon otra vez matando e hiriendo a cientos de inocentes la presidente emitió un comunicado ambiguo como dando a entender que había responsabilidades occidentales en lo que había ocurrido.

La pregunta, al menos juzgada durante el gobierno de los Kirchner, es pertinente: ¿es la Argentina un país occidental? El tema es importante porque por Occidente entendemos automáticamente un conjunto de valores que se emparentan con la libertad, con la vigencia del Estado de Derecho, con la idea del gobierno limitado y con la supremacía de la voluntad individual por sobre las “razones de Estado”.

En ese sentido, durante la guerra fría se produjeron varios incidentes entre “Occidente” y el bloque de países detrás de la Cortina de Hierro. En uno de ellos un avión norteamericano perseguido por cazas de Moscú logró eludirlos y aterrizar en Tokyo. Las crónicas de aquel momento relataron el episodio diciendo que la nave se encontraba a salvo en suelo “occidental”. ¿Suelo occidental?, ¿en Tokyo?. Está claro que esa referencia no tenía que ver con la ubicación geográfica de la capital japonesa sino a que Japón, luego de lo ocurrido en la guerra, había adherido a ese conjunto de principios que, precisamente, definía a Occidente.

Pues bien entonces, ¿es la Argentina un país “occidental” desde ese punto de vista? Y aquí habría que hacer una serie de disquisiciones muy curiosas como siempre ocurre cuando se analizan nuestras propias particularidades.

La primera distinción, naturalmente, tiene que ver con lo que han sido las posturas de los Kirchner y lo que puede ser el sentimiento que anida en la gente común.

No caben dudas de que los Kirchner (en un claro doble estándar de los que ha sido su vida personal) han adoptado esta postura “a la violeta” de pretender mojarle la oreja al gigante norteamericano simplemente por darse el gusto de hacerlo, para quedar como “el guapo del barrio”, una caricatura tan afecta a los argentinos.

En ese sentido han desplegado, durante sus tres mandatos, una pléyade de (esas sí) puestas en escena para hacerse pasar por una especie de “nouvelle revolutionaries” porque entendieron que con eso les caían simpáticos a los “progresistas” argentinos. Está claro que, ellos, en su vida personal, no han llevado una existencia muy “revolucionaria” que digamos, pero, bueno, en política esas hipocresías nunca faltan.

La verdadera pregunta es ¿cuál es el sentimiento real de la sociedad? Y allí es donde entramos en un terreno en donde es difícil hallar una respuesta definitiva y contundente.

Por un lado es cierto que el olfato de los Kirchner no los traicionó en percibir un alto nivel de antinorteamericanismo en la sociedad. No se sabe muy bien por qué, pero, en efecto, hay muchos argentinos que le tienen rabia a los EEUU. Lo que ocurre es que esa realidad empieza a hacerse más nubosa cuando dejamos de hablar de EEUU y empezamos a referirnos a lo que los EEUU representan.

Allí el antinorteamericanismo empieza a mostrar inconsistencias. Por ejemplo, la Argentina es el país número uno en el mundo de uso ponderado de Twitter, uno de los cinco con más perfiles de Facebook y el segundo con más permanencia continua en esa red. Ni qué hablar de Miami y de Apple dos especies de desiderátums de los argentinos. En general las invenciones norteamericanas referidas al confort concitan el fanatismo de más de uno en estas tierras. Frente a esos artefactos, más de un argentino recuerda la metáfora que Ortega contaba de los españoles respecto de Gran Bretaña. Decía el filósofo madrileño que muchos españoles se despertaban cada mañana y, frente a alguna “genialidad” británica, decían, al tiempo que se rascaban la cabeza: “¡éstos ingleses…!”

Es conocida la tensión histórica entre España e Inglaterra, pero no obstante, los españoles secretamente reconocían ese rasgo de innovación que caracterizaba a los británicos.

Por otro lado acaba de conocerse el dato de que la embajada de los EEUU en Buenos Aires batió otro récord de emisión de visas para visitar ese país: 32000 en un mes, ubicando a la Argentina en el segundo lugar en el mundo en solicitudes de ese tipo, detrás de Pekin.

La asunción del nuevo gobierno debe implicar una nueva posibilidad para que la Argentina decida, como sociedad, acerca de dónde quiere ubicarse en el mundo. Sin cortapisas, sin reparos. La democracia interna no puede sostenerse respaldando valores que la contradigan. La vigencia del Estado de Derecho debe ser una convicción valorativa y no una declamación. En consecuencia el país deberá condenar con todo rigor a aquellos que pretenden terminar con ese conjunto de convicciones que terminan produciendo los productos y servicios que, luego, tanto le gusta disfrutar al argentino, desde Twitter hasta Disney y desde el iPhone hasta New York o Miami.

Las hipocresías se notan y quedan mal. Jugar a hacerse el rebelde cuando el futuro de la humanidad corre un riesgo inédito, no solo es infantil, es propio de estúpidos.