Detrás de la final

Poco menos que el país entero está expectante por la primera final de mañana de la Copa Libertadores de América que se jugará en La Bombonera a partir de las cinco de la tarde.

Hay muchos ingredientes que hacen que el partido sea visto como un hecho excepcional, muy probablemente irrepetible en el corto plazo y menos aún en la Argentina, dado que la Confederación Sudamericana de Futbol, cambia el reglamento del torneo y -como la final de la UEFA Champions League- la final pasará a jugarse a partido único en una sede designada con anticipación (que no necesariamente debe ser neutral porque si sucede que un equipo de ese país llega a la final, pues correrá con la ventaja aleatoria de jugar como “local”).

Dada la naturaleza futbolera de la idiosincrasia argentina el evento ha concitado la atención de todo el mundo, incluso por fuera de los hinchas y simpatizantes de ambos equipos.

Otros, como Independiente, tienen su vista puesta en el juego por diferentes circunstancias, como es la clasificación directa para la Copa Libertadores del año que viene o el hecho de que Boca alcance al Rojo como máximo ganador histórico de la competencia.

Y los demás equipos, junto a su hinchas, también, sea por furias, por envidias, por rivalidades reales o inventadas, estarán pendientes de lo que acontezca a partir de mañana en este partido de 180 minutos que terminará dentro de dos semanas en el Estadio Monumental.

Quizás por esto mismo, por esa pasión del juego, no le hemos prestado atención -como no lo venimos haciendo desde hace rato ya- a un protagonista que entrará por la ventana, que se colará inadvertidamente en el espectáculo que será seguido por millones de personas no solo en la Argentina sino en el mundo entero.

Me refiero al anunciante que cruza la banda central de color oro de la camiseta de Boca, Qatar Airways. Qatar es la compañía que representa a un país que es una vergüenza para la comunidad internacional y para la comunidad del fútbol también.

Qatar es un país que promueve y financia el terrorismo internacional, que alberga delincuentes asesinos, antisemitas carniceros que han tomado la forma de distintas organizaciones (incluida ISIS) que se nutren del dinero qatarí.

En Qatar viven los más sanguinarios yihadistas de la actualidad, entre ellos el segundo más rico del mundo, el líder de Hamás Jaled Mishal. También se refugia allí el “ulema del mal” Yusuf al Qaradawi, presidente de la Qatar Foundation y defensor de los atentados suicidas. Y la frutilla del postre es Jalifa Mohamed Turki al Subaiy, a quien los EEUU acusan de haber enviado cientos de millones de dólares a líderes de Al Qaeda, incluyendo a Jalid Sheij Mohamed, uno de los cerebros del atentado del 11 de Septiembre de 2001 en EEUU.

Qatar, además, ha sido el país que probadamente coimeó a la FIFA para obtener la organización del campeonato Mundial de Fútbol de 2022, incluido nuestro célebre capomafia Julio Grondona.

Ese hecho está probado y verificado mundialmente y es absolutamente increíble que las federaciones sigan dando su acuerdo para jugar ese torneo allí. La sede de ese Mundial debería ser cambiada de inmediato para no seguir naturalizando el crimen y la corrupción.

Boca, justamente, ha caído en la trampa de la naturalización. Por la vía de firmar un acuerdo millonario con la compañía aérea de un país terrorista, se convierte en una polea de transmisión de esos mismos valores extremistas que se proponen atentar contra las creencias judeocristianas del mundo occidental que son las que han probado poder dotar al mundo de mayor bienestar, mayor seguridad y mayor tolerancia. Y de hacer posibles, entre otras cosas, fenómenos como el propio fútbol.

Cada vez que las fotografías de la camiseta de Boca -como en su momento fue la del Barcelona de Messi- aparezcan con la inscripción de Qatar Airways, millones de mentes inocentes serán arrastradas por una entendible ignorancia hacia la naturalización del crimen.

Que estas informaciones que se vuelcan en esta columna no estén al alcance de todos es entendible. Pero los dirigentes de Boca no pueden aducir la ignorancia del ciudadano medio. Ellos sí tienen la obligación de saber quién es el que está contratando con ellos; ellos sí deberían saber que Qatar es un país que promueve el extermino judío y que financia la actividad de las más sanguinarias organizaciones terroristas de hoy en día, incluida, repetimos ISIS.

Esa aceptación “cool” de un anunciante sin comprometerse con valores más altos que los de una simple camiseta de fútbol, deberían avergonzar a la dirigencia.

Paradójicamente es la misma dirigencia que, apelando a la comunidad judía, ensayó el argumento del Shabbat  para intentar cambiar el día del partido.

El terrorismo usa las propias costumbres y celebraciones de la cultura que intenta destruir, para destruirla. Usa el dinero que le dan sus recursos naturales para comprar las voluntades de idiotas útiles que se transforman en poleas transmisoras de su mensaje, subliminalmente, de modo imperceptible, gramscianamente, casi sin que nadie se dé cuenta.

Y esta vez ha sido un equipo argentino el elegido para que uno de sus emblemas -nada menos que su camiseta- sea el portador de un mensaje de sangre y de muerte que se colará, semioculto, detrás de la pasión futbolera.