El deficit de presupuesto debe atacarse sin demora

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La diferencia entre lo que la Argentina importa y lo que la Argentina exporta es de casi 8 mil millones de dólares. Se trata de un desbalance del saldo comercial de alerta. Ojalá la diferencia obedeciera a una razón que tuviera que ver con la desmesurada carrera de los argentinos por invertir en bienes de capital para dotar de sangre nueva a la alicaída infraestructura del país.

Pero no. Las razones se deben a cuestiones que muchos considerarían inconexas a primera vista pero que a poco que se las vea con detenimiento uno puede observar lo conectadas que están, a punto tal de ser una la causa de la otra.

En efecto una de las principales razones por el aumento de las importaciones es el bajo valor del tipo de cambio. El peso aparece demasiado apreciado contra el dólar. Eso torna baratos los bienes transables con el exterior y caros los productos argentinos.

La pregunta es por qué tenemos el tipo de cambio planchado. Y la respuesta es porque tenemos una tasa de interés por las nubes. Esa tasa, al precio de desalentar la inversión productiva, tiene por finalidad enfriar los precios y empujarlos hacia la baja. Por lo tanto la respuesta a por qué tenemos alta la tasa de interés es porque tenemos inflación.

Obviamente la pregunta siguiente es por qué tenemos inflación. Y la respuesta a esta pregunta es lo que nos da la llave para conectar lo que aparentemente corría por caminos separados.

Tenemos inflación porque tenemos un déficit del presupuesto cercano a los siete puntos del PBI. Se trata de una diferencia de una magnitud bestial: el Estado gasta más de 35 mil millones de dólares más de lo que recauda por año. Es una cuenta que nos lleva a un choque de planetas inconmensurable.

La madre, pues, también de la balanza comercial negativa es el déficit público. Es la madre de todos los males, el verdadero motor de la decadencia y de la potencial explosión.

Sobre el total de gastos del Estado el 40% corresponde a jubilaciones y pensiones es decir a un tipo de gasto completamente inelástico por la sencilla razón de que las jubilaciones y pensiones hay que pagarlas.

De allí viene el intento, cuando menos, de modificar la demagógica fórmula kirchnerista de ajuste de las jubilaciones que hacia cada vez más insoportable la ecuación trabajadores activos y pasivos.

El gobierno suele enojarse cuando desde la ortodoxia económica se le hacen notar estos peligros, pero lo cierto es que se deberían tomar en cuenta estas prevenciones porque, sin darse cuenta, Cambiemos está corriendo el peligro de poner en riesgo la posibilidad de un cambio cultural exitoso por primera vez en 80 años en la Argentina porque la sociedad se frustre ante otro choque frontal de ferrocarriles que corren en sentido opuesto.

Es de la mayor trascendencia que ese choque se evite. Pero no, simplemente, porque volaríamos todos por el aire, sino porque, de nuevo, el país se dirigiría cabizbajo y lleno de furia hacia nuevas versiones del populismo.

Paradójicamente, es el proyecto político-cultural el que está en riesgo por las amenazas económicas, no meramente una serie de números que hacen a los “fundamentals” de la economía.

El gradualismo es comprensible en una sociedad tan lastimada, pero a veces es mejor cortarle la cola al gato de un solo golpe en lugar de hacerlo sufrir con múltiples intervenciones. El déficit público debe reducirse urgentemente y para ello es preciso acelerar las velocidades del gradualismo, al menos, en ese terreno.

De nada valdrán luego los intentos de explicación para advertir que lo que se hizo, se hizo de la manera que se hizo para causar el menor daño posible. Nadie valorará lo que no sufrió antes, cuando se esté sufriendo en tiempo presente. Será una comparativa contra lo abstracto y nadie le prestará atención a esas conceptualizaciones hipotéticas, máxime cuando el populismo demagógico arrecie con fuerza para volver al poder y seguir robando, como de costumbre.