El curro de ser “pueblo originario”

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Ahora resulta que también tenemos problemas con los “pueblos originarios”. Este país es francamente un chiste. La cantidad de gente que invierte su tiempo en desarrollar una idea que les permita vivir de la succión de la sangre pública como las garrapatas viven de la sangre del perro es increíble. Cada día nos enteramos de una nueva.

Ahora son los mapuches. ¡Pero desde cuando los mapuches son originarios de la Argentina! ¡Si se trata de un pueblo exótico que a lo que vino fue a exterminar -en un verdadero genocidio- a las escasas poblaciones sí originales de nuestro territorio como los patagones!

En ese sentido, el comunicado emitido en agosto último por ese centro de información sesgada e ideologizada, sostenido por el dinero público y con aura de suficiencia científica (pero que no es más que un polo de difusión antiliberal y marxista) -el CONICET- no hace más que confirmar (por la contraria) que los mapuches no son otra cosa que un grupo de delincuentes (al menos los que ejercen la violencia contra la soberanía argentina y contra sus leyes) que utilizan métodos de formación terrorista y revolucionaria para mantener viva una utopía setentista tan anticuada como corrupta.

En efecto, el mero hecho de que pueda ser posible, en un país civilizado, que a una “sanadora” se le ocurra decir que ha recibido un mensaje del más allá que le indica que las tierras aledañas al lago Marcardi, en el Parque Nacional Nahuel Huapi, son de ellos porque así lo indica su “Revelación”, es directamente dantesco.

Los grandes problemas siempre fueron chicos alguna vez, como los grandes cánceres siempre fueron pequeños tumores. Así como la medicina indica que esos tumores hay que extirparlos cuando su dimensión es manejable, del mismo modo el Estado debe terminar ya con esta pantomima. No puede ser que un conjunto de 50, 100 o 1000 personas con unos cartones pintados con las palabras “territorio mapuche” ponga en jaque a toda la sociedad.

Detrás de ese revolucionismo de oropel se esconde la pretensión de cobrar peajes -bajo la amenaza de ejercer violencia- a cualquier persona que quiera recorrer el territorio. Se trata de una forma muy berreta del ejercicio del robo muy común ya en varias zonas de la provincia de Neuquén, por ejemplo.

Si toda la infraestructura del Estado no puede terminar con esto ya mismo, habrá llegado la hora de preguntarnos para qué existe el Estado. Esa misma organización burocrática que nos asfixia con impuestos confiscatorios se muestra completamente inerte cuando se trata de imponer la vigencia del orden jurídico argentino en todo el territorio nacional.

El país ha visto por televisión, en escenas que verdaderamente causan vergüenza, cómo un conjunto de impresentables encapuchados palpan de armas a un juez de la República o a las fuerzas de Gendarmería que lo acompañan.

Muchos países de América han solucionado este problema desde hace ya muchos años. En los Estados Unidos son comunes los carteles en las rutas que indican que uno está entrando en la “reservación” de tal o cual tribu originaria. Allí viven esas familias, muchas de ellas de acuerdo a sus costumbres de siglos, pero a ninguna de ellas se les ocurre poner en discusión la soberanía americana y la vigencia de la Constitución y las leyes de los EEUU.

Aquí la reforma (para muchos “deforma”) de la Constitución en 1994 receptó esta problemática que hasta ahora el Estado no ha podido resolver, en otra demostración de su proverbial ineficiencia. Parecería que en la Argentina basta que un grupo de forajidos se dé mismo el nombre de “comunidad” para que toda la sociedad deba rendirse ante sus violentos caprichos.

No hay dudas de que estas consecuencias se entroncan también con la sistemática destrucción física y moral de la noción de autoridad que rige en la Argentina y de las instituciones que deberían simbólicamente representarla.

En efecto, hoy, frente al drama del submarino ARA San Juan, la sociedad debe aguantar que un conjunto de mal paridos pinte las paredes del Cabildo de Mayo con las palabras “44 menos” como si esos marinos mal pagos y a los que únicamente guía su vocación, fueran una especie de peste que es mejor exterminar.

La peste son ustedes, muchachos. Ustedes son quienes están infectados de odio, de resentimiento y frustración; ustedes son los que quieren vivir de la sangre ajena y de los impuestos que paga la sociedad honesta que mantiene su vagancia. Ustedes son quienes encarnan una carga de vergüenza para el país entero.

Ustedes no son más que un conjunto de estafadores sobre quienes debería caer el peso más absoluto y rotundo de la ley. Y el gobierno que hoy representa al Estado debería tomar nota de esta realidad más temprano que tarde para extirpar el tumor cuando aún se está a tiempo.