Cristina y Trump cortados por la misma tijera

El portal de noticias de la CNN acaba de publicar, bajo la firma de Chris Cillizza, un artículo extraordinario que lleva el título de “El mejor truco de todos los que hizo Donald Trump”, en donde explica la mayor treta de todas las que protagonizó el presidente desde que comenzó su campaña en 2016, hasta llegar a la Casa Blanca.

El corazón del artículo consiste en plantear la total genialidad de parte de Trump para lograr convencer a una mayoría electoral decisiva (formada en general por blancos que o han tenido una educación universitaria o que, en muchos casos, no terminaron el colegio secundario) de que él es uno de ellos.

De hecho Trump consiguió el 71% de los votos de los hombres blancos que no terminaron el “college”, el 61% de las mujeres blancas bajo la misma condición y el 51 % de los votos de aquellos cuya máxima educación fue el colegio secundario.

Trump se ha definido a sí mismo varias veces como un gran negociador y un gran vendedor. Pero no hay dudas de que esta ha sido su mayor venta.

El presidente nació en cuna de oro, recibió de su padre -para iniciarse en los negocios-  un préstamo equivalente a lo que hoy serían 7 millones de dólares (aunque muchos creen que fue mucho más que eso), estudió en los mejores colegios y se recibió en la Penn University. 

Recientemente en un discurso en North Dakota despotricó contra los que se llaman a sí mismos “la elite” diciendo que en realidad “ellos” (incluyendo en el “ellos” a él mismo y a la gente que lo escuchaba) eran la “elite”, “nosotros tenemos más dinero, tenemos más cerebro, mejores casas, departamentos, tenemos embarcaciones más lindas, somos más inteligentes que ellos… Nosotros somos la ‘elite’, ustedes son la ‘elite’”, terminó entre las vivas del público.

Bueno, pues, no hay dudas de que él tiene más dinero, mejores barcos, mejores casas y mejores departamentos que muchos de los de la “elite”. Pero no es el caso de la enorme mayoría de su audiencia ese día. Sin embargo ellos creen que él es uno de ellos. Y que, como es uno de ellos, los comprende.

Se trata de una similitud enorme con lo que ocurre entre nosotros con Cristina Fernández. La ex presidente ha logrado convencer al menos a un tercio del electorado que ella es una de ellos y que comparte con ellos el mundo de privaciones y sufrimientos a los que la vida los somete.

Fernández es millonaria. Híper millonaria. Aunque no pueda justificar un solo centavo de su extraordinaria fortuna, no hay dudas de que nada entre millones de dólares. Tiene bienes, acciones, propiedades por docenas, dinero líquido, joyas, un vestuario ilimitado, respecto del cual uno podrá discutir el gusto, pero no su costo. En fin, la ex presidente, a quien no se le conoce un solo trabajo privado productivo en su vida, tiene un nivel de vida que el núcleo de sus seguidores fieles (que vive principalmente en el barro del conurbano bonaerense) solo mira por la televisión.

Sin embargo, ella, como Trump, ha logrado venderles el buzón de que ella es una de ellos. Se trata de un fenómeno sociológico inexplicable. Aunque no del todo original. Otros personajes de la historia ya han logrado el mismo milagro: envueltos en pieles y oro, enarbolaban un encendido discurso resentido contra todo aquello a lo que ellos mismos aspiraban. Es algo así como el colmo de la desfachatez.

Muchos han caracterizado a Fernández como una actriz frustrada. Viéndole sus caras de circunstancia, sus tonos propios de novelas de Andrea del Boca, sus lágrimas de cocodrilo y el engolamiento de su voz, no han dudado en que, de no ser política, habría sido una actriz fenomenal. 

Sin embargo, como Trump, Cristina ha demostrado ser una excelente vendedora. Una embaucadora serial de sueños ajenos a los que explota para alcanzar las fortunas que anhela, sin trabajar. 

Quizás a muchos podrá parecerles extraña una comparación entre Trump y Fernández, aparentemente colocados en las antípodas. Pero los dos pertenecen a esa raza especial de personas capaz de venderle a los demás espejitos de colores; personas que incluso contentas, entregan sus pocos pesos para comprarlos.