Clase de diván

conferencia

El equipo económico dio hoy una conferencia de prensa en la que corrigió ciertas metas que hasta ayer habían guiado sus políticas. Y digo “hasta ayer” de modo literal porque ayer se aprobó en el Senado el presupuesto del año 2018 con números que 24 hs después ya son inválidos.

En efecto, ni la inflación tenida en cuenta en esa ley ni la pauta de crecimiento para el año que viene responden ya a lo que Nicolás Dujovne llamó  “recalibración” de las metas. La primera pregunta que surge entonces es si el gobierno no sabía ayer que hoy iba a sentar a su equipo económico frente a los periodistas para hacer esos anuncios. Y si lo sabía, ¿para qué aprobó ayer números completamente irreales? Seguramente para cumplir con la urgencia que tenía el presidente de tener esos elementos legales para dar inicio a una reasignación de recursos que masivamente se volcarán desde ahora a la provincia de Buenos Aires.

Estas observaciones van hechas con independencia de lo justificada que pueda estar esa derivación, después de años en que la provincia más grande del país fue claramente discriminada para hacer de su jurisdicción un apéndice más del poder ejecutivo y no un territorio autónomo en donde paradójicamente vive el 40% de la Argentina y donde se concentran los niveles de pobreza más ofensivos del país.

Pero luego de la conferencia de hoy, insisto, 24hs después de que el Senado aprobó el presupuesto en base a unos números determinados, queda claro que la Argentina tiene un apego muy relativo a la ley y a su consiguiente cumplimiento.

La presentación fue también un reconocimiento de que las propias metas económicas que el gobierno se puso a sí mismo al asumir no se han podido cumplir. En efecto, la meta de inflación del 5% para el año 2019 ha sido corrida para 2020, con dos estaciones intermedias del 15 y 10% respectivamente para 2018 y 2019.

Este reconocimiento significa una capitulación de la idealidad económica a las posibilidades políticas del gobierno y una aceptación tácita a que estas últimas circunstancias -las políticas- tienen ascendencia sobre el deber ser económico. Queda claro ahora que el margen de maniobra político con el que el gobierno cree que cuenta es bastante menor al que necesitaría para encarar reformas más rápidas que obtengan resultados económicos razonables en un período más corto de tiempo.

Resulta obviamente paradójico que “la política” impida mejorar la vida de los pobres más rápido, cuando son “los pobres” el mascarón de proa típico que “la política” ha utilizado para su supervivencia. Pero, efectivamente, habrá que terminar por convencerse que los argentinos prefieren mantener un estado de cosas en la economía (que en el fondo los perjudica) antes de encarar reformas drásticas (que en el fondo los beneficiarían)

En otras palabras se trata de una profundización del gradualismo con el que el gobierno ha decidido manejarse y pareciera ser que, a partir de ahora, lo hará con más fuerza todavía.

No hay dudas que esto impacta en el patrón por el que el presidente Macri ha pedido que se juzgue su gestión, esto es, por su capacidad por reducir la pobreza. Alivianar las metas de inflación quiere decir, en buen cristiano, que se será menos severo en el camino de su reducción y si se es menos severo en combatir la inflación, está claro que la pobreza tardará más en bajar, porque la inflación y la pobreza son las dos caras de una misma moneda.

Esa también es una característica rara de la Argentina: la sociedad prefiere seguir siendo pobre por más tiempo a cambio de no hacer los esfuerzos que se requerirían hacer para no serlo.

Alberdi hablaba hace 180 años de un cierto “pauperismo” mental que afectaba a los argentinos, de una tendencia a la holgazanería que atentaba contra su desarrollo y despegue. Parecería que, tantos años después, esos males endémicos de nuestra cultura nos siguen afectando y se hacen presentes en un conformismo que amolda las aspiraciones nacionales a objetivos módicos si el precio de tener objetivos más ambiciosos implicara salir de una zona de confort en la que todo el mundo se siente cómodo.

Es cierto que muchas veces esa explicación sociológica aparece como en contradicción con ciertas explosiones sociales que se producen detrás de un teórico reclamo por estar mejor. Pero lo cierto es que muchos argentinos no logran conectar esa buena ambición de estar mejor con el esfuerzo requerido para lograrlo y esperan que el mejor resultado sea el fruto del fluir de un maná en el que muchos aún creen.

No hay dudas que con esta presentación de hoy, de algún modo, el presidente está diciendo, “no puedo contra ustedes”; “no puedo contra sus costumbres ancestrales, contra sus tradiciones y contra su forma de ver el mundo… Lo máximo que puedo intentar es una mixtura entre lo que somos y lo que deberíamos ser a ver si de ese intento sale algo mejor…” Pero, desde ya, parecería que los argentinos tenemos un techo bastante pusilánime frente a los desafíos de las sociedades modernas.

Algunos podrán achacarle al presidente no ser un líder más decidido en el sentido de conducir un proceso más vigoroso hacia el desarrollo de un país mejor y más moderno. Pero no olvidemos que su marco político sigue muy delimitado por el peronismo, el movimiento que mejor ha encarnado en los siglos XX y XXI la persistente aspiración nacional de volver a los peores años del siglo IXX, esto es al populismo, a la violencia, al sentido patriarcal de la nación, a la verticalidad de las decisiones, a la división, al caudillismo, a la furia y, muchas veces, a la mismísima anarquía.

Más allá del contenido económico de los anuncios de hoy, se puede decir que lo que vimos fue una autentica sesión abierta de psicologismo colectivo argentino: en nuestra personalidad subyacen fuerzas fuertemente contradictorias que, para conciliarse, muchas veces sacrifican tiempo, ese valor que, aunque nos cueste entenderlo, nunca se recupera.


  • mrlutz

    Lo que he percibido, mejor dicho he confirmado lo que venía percibiendo desde hace tiempo: soberbia, una gran dosis de soberbia que me conduce a otro aforismo que he leído recientemente: “Es malo gobernar desde la soberbia pese a que se tenga razón”