Boudou preso

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La detención de Amado Boudou constituye un eslabón más en la larga cadena de procesos que tienen en el centro de la escena a los protagonistas de la década robada.

Los cargos contra Boudou datan de varios años y las investigaciones alrededor de su enriquecimiento ilícito se trasmitieron hasta por la televisión. La Justicia jugó, en ese sentido, un papel triste.

Cuando Boudou era un encumbrado miembro de la elite gobernante por más claros que estaban sus estragos los jueces no actuaron como debían. Retrasaron los expedientes y las investigaciones se entorpecieron sin avanzar.

Ahora con los nuevos vientos políticos las velas de lola Justicia se inflan como las de un velero desbocado y avanzan dejando cualquier obstáculo atrás.

Atención: no me estoy quejando; al contrario, aplaudo que los corruptos sean perseguidos con el Código Penal en la mano y la ejecutividad judicial en la mente. Pero no puedo dejar de advertir que la Argentina sigue padeciendo las consecuencias del grave virus del caudillismo que anida en el corazón de los jueces aun cuando, paradójicamente, no haya ningún caudillo.

Porque es obvio que a nadie se le escapa que Mauricio Macri está muy lejos de reunir las características de un caudillo. Se podrá decir del presidente cualquier cosa, pero un caudillo no es.

Pero la mente de los jueces (así como la de enormes franjas de argentinos) solo está preparada para interpretar el resultado de unas elecciones en esos términos, en los que hay un nuevo “taita” que es el jefe de todos.

Los jueces, que suelen llenarse la boca con el principio de la independencia del poder judicial, son los primeros que no honran ese saludable balance de la democracia. Se pliegan con demasiada facilidad a los vientos políticos y actúan en consecuencia.

Boudou debería haber sido sometido a un juicio mucho más rápido y hoy, las instancias de su proceso, ya deberían transitar las etapas orales y decisivas de su suerte.

Todos estos personajes están en condiciones de entorpecer el curso de los juicios o incluso de fugarse, de modo que las apelaciones a ponerse en el sitio de las “víctimas” (al estilo De Vido, que firma sus famosas cartas como “preso sin condena”) no tienen lugar aquí.

Cualquiera que haya visto una película o una serie de televisión sabe que cuando existen sospechas irrefutables sobre el autor de un crimen la regla es que esa persona atienda a su juicio detenido y no libre. Es lo que ha pasado desde O.J. Simpson hasta Sayfullo Saipov quien ahora enfrentará a la ley por el atentado en New York que le costó la vida a cinco argentinos.

De modo que la insinuación de que aquí no rige el Estado de Derecho porque quienes se enriquecieron ilegalmente a costa del bolsillo de los argentinos deben esperar su juicio presos, no va. Lo hubieran pensado antes, muchachos.

Pero de ahora en más la Justicia deberá revisar sus comportamientos y sus atávicas creencias. El país es una república federal son separación de poderes. Si ustedes, que son los encargados de ejercer el control de constitucionalidad y de legitimidad de ejercicio, van a actuar solo al calor de la voz de mando que sale de las urnas, estamos fritos. Su deber es ejercer su función jurisdiccional mientras los poderosos están en el poder, no solo cuando se van. Por supuesto que más vale tarde que nunca y Boudou preso -como De Vido, Lopez, Jaime, Baez, Barata y otros tantos impresentables- bien preso está.

Pero la Argentina solo dará muestras de que es una república institucional cuando los jueces se animen con los gobiernos que están en el poder. Hace rato que la Argentina dejó la Colonia atrás, aquella en donde lo que regía era el Juicio de Residencia por el que se sometía a revisión a los gobernantes que ya no estaban en el poder. Esa era, justamente, una institución colonial y como tal fue reemplazada por el concepto moderno de “frenos y contrapesos” por el cual los tres poderes se controlan entre sí mientras están en ejercicio. Ese es el secreto de la seguridad jurídica y de las garantías de los ciudadanos.

Aquí la pena no es que Boudou esté preso. La pena es que ningún juez se animó a ir contra él cuando estaba en la cumbre del poder. Mientras esa pusilanimidad sobrevuele el espíritu de la Justicia la República no será posible.