Basta de decir estupideces

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La palabra “gratis” le ha hecho un enorme daño a la Argentina. Su repetición serial, como si fuéramos loros, nos ha convencido de que efectivamente existen bienes y servicios que se generan de la nada como si un imaginario David Copperfield los creara sin esfuerzo, sin elementos, sin materia prima, sino simplemente porque a alguien se le ha ocurrido ser benevolente.

Eso no existe. Es una mentira. Ni siquiera podría atribuírsele la categoría de “posverdad” -término cool que el revolucionismo ha inventado para cubrir lo que no son otra cosa que embustes.

Los bienes y los servicios no se crean por generación espontánea. Alguien paga por ellos. El único tema a dilucidar es quién.

Esta misma discusión ha infectado -como no podía ser de otra manera- la cuestión del servicio de salud para extranjeros no residentes y para estudiantes universitarios no-argentinos.

Y en este punto hay que reconocer que la Argentina es capaz de inventar un debate aún allí donde las cosas son clarísimas.

En efecto, aun en aquellas cuestiones que el mundo no perdería una décima de segundo siquiera en plantear, en la Argentina (en virtud de un “democratismo” ido en vicio) se plantean como batallas nacionales y ocupan horas de discusión en los medios y -lo que es más grave- en las propias instituciones.

Los servicios de salud y educación no son gratis. Al contrario, son carísimos. El único tema aquí con referencia a los extranjeros (no residentes para la salud o lisa y llanamente extranjeros para la educación) es quién paga por el servicio.

Es cierto que la Argentina es un país abierto a todos los hombres del mundo que quieran habitar su suelo, tal como generosamente dice la Constitución. Pero el pequeño detalle es que nos hemos convertido en un país indecentemente pobre.

Está claro que cualquier definición que tomemos sobre la cuestión no debería estar sujeta, en principio, a si somos pobres o ricos, pero en este punto no viene mal saber qué hace el resto del mundo tanto desarrollado como subdesarrolado.

Y cuando hacemos ese paneo nos damos cuenta que nadie es tan estúpido como para regalar cifras cuantiosas a personas que pretenden utilizar los servicios médicos o educativos sin otro fin que no sea ése en sí mismo.

Por más que algunos progres (o vetustos vestidos de progres) lo nieguen está absolutamente comprobado por distintos profesionales médicos que ciudadanos de países limítrofes vienen a atenderse a la gran obra social “gratis” de América Latina (que es la Argentina) en especies de “tours” cuya única finalidad es la atención médica.

El 75% del Hospital Ramón Sarda atiende solo partos de ciudadanas bolivianas. Aquí se han realizado operaciones cardíacas, cirugías estéticas de recuperación, tratamientos contra la diabetes, en fin un enorme abanico de prestaciones de salud a gente que, terminado su objetivo, se toma el olivo y vuelve a su país en donde esas atenciones le hubieran costado una fortuna.

Si no queremos verlo así, veámoslo por lo que les pasa a los argentinos que van a otros países. ¿En cuál de ellos pueden atenderse gratis? En ninguno. No se gasten en buscar. En nin-gu-no.

Aquellos países que imponen visas o permisos de viaje para extranjeros (no importa la nacionalidad) tienen incluso un capítulo específico referido a la salud en donde el aplicante debe responder si piensa ir a un hospital, a un doctor, a un dentista o a una nursery durante su estadía. Muchos de ellos piden incluso una copia de la credencial de seguro médico internacional que cubra eventuales gastos. A ver: es lo lógico. Repito: solo en la Argentina se generan debates donde ni siquiera habría lugar para plantearse el tema.

Pero lo cierto es que aquí no solo se plantea efectivamente la cuestión como un tema de relevancia nacional sino que hay argentinos que defienden la idea de que los propios argentinos con sus impuestos deben mantener todas esas prestaciones a extranjeros que organizan viajes “de salubridad”.

La Argentina ya no da más. Está exhausta de pagar impuestos. Ya es generoso decir que el país funciona sobre una ratio “8/42” (es decir, donde 8 millones de laburantes bancan la vida de 42 millones de habitantes): ya hay que pasar a otra proporción que contemple también a los extranjeros que quieran venir a curarse y a estudiar aquí a costa de los mismos idiotas que seguimos pagando todo.

Algunos que no entienden nada -y aprovechando la volada internacional- dicen que los que queremos poner un poco de racionalidad en todo esto estamos haciendo lo mismo que Trump pretende hacer en EEUU, con su proverbial xenofobia.

Aquí no hay ninguna xenofobia. El ejemplo de Trump además de ser una burrada (porque los EEUU jamás le regalaron su medicina a nadie, ni siquiera a los propios norteamericanos, ni con Trump ni con nadie) es una mentira porque la xenofobia es una cuestión completamente diferente de esta materia. AQUÍ ESTAMOS HABLANDO DE ECONOMÍA, NO DE FILOSOFÍA.

Y a tal punto es así que los individuos extranjeros, en lo personal y puntual, ni siquiera deberían formar parte de la ecuación de esta cuestión. En efecto, ellos como personas, deberían retirarse de cualquier institución argentina de salud sin pagar nada. Pero, quedando acreditada su procedencia, el país debería liquidarle al consulado extranjero en cuestión las expensas incurridas en el cuidado de sus ciudadanos sobre una base anual y en función del saldo de cuenta corriente binacional. La salud de los extranjeros no residentes cuya salud se atendió en el país durante un año debería ser un ítem de la balanza de intercambio comercial.

Otro tanto acontece con la educación. Aquí la pregunta inicial debería ser la misma: ¿qué país les permite a los argentinos estudiar sin pagar en cualquiera de sus universidades? La respuesta es la misma que en el caso medico: nin-gu-no. Es más, en la mayoría de esos países sus propios nacionales deben pagar. Y no me estoy refiriendo a universidades privadas o a países del primer mundo: me refiero a universidades públicas latinoamericanas.

La Argentina debe dejar de ser tan idiota. Debe dejar de convertir cualquier cuestión en una batalla ideológica de estupideces. Mientras nosotros creamos esas discusiones estériles -que no existen en ningún otro lugar bajo el sol- recursos escasísimos se nos van entre las manos, sin importarnos nada, como si fuéramos la gallina de los huevos de oro.

¿De dónde ha salido la idea que regalar recursos es revolucionario? Los revolucionarios quieren impedir que los argentinos compitan contra otros proveedores internacionales de bienes y servicios “para cuidar el trabajo argentino” (obligando al consumidor a pagar caro por artículos horribles y atrasados) pero están contentísimos con regalar alegremente recursos médicos y educativos carísimos por dárselas de cool?

Resulta harto evidente que el país tiene taras profundas que va a costar sortear. Mientras todo tema sea susceptible de ser transformado en una batalla ideológica de izquierdas y derechas no tendremos destino. Mientras, el mundo se ríe de nosotros y “nuestros hermanos” siguen viviendo alegremente de la impagable estructura impositiva argentina.