Australia y la Argentina: parte II

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Seis preeminencias que nos mataron.

Cuando uno recorre este país y sabe como se inició, no puede resistir la comparación con la Argentina. ¡¿Qué nos pasó, por el amor de Dios?!

Estamos seguros que no fue un desastre natural, onda los huracanes Irma y María para Puerto Rico. Sabemos que no fue una guerra, onda la Segunda Guerra Mundial para Europa. ¿Qué fue? ¿Qué diablos hizo que un país destinado a ser los Estados Unidos del Sur (lo que Australia es hoy, aun con sus tremendas limitaciones naturales) se haya convertido en una tierra que muchos llaman “ese país al sur de Bolivia”?

Solo la sociología económica puede explicar este fenómeno de decadencia y de atraso que debería ser suficiente fuente de vergüenza como para tomar impulso desde ella y revertirlo.

A mi juicio, en un momento clave de su historia, la Argentina sufrió las consecuencias de seis preeminencias que la destruyeron. Seis preeminencias que cambiaron (esperemos que no para siempre) el sentido común medio de la sociedad y transformaron el rumbo hacia lo correcto, en rumbo hacia lo equivocado.

Esas seis preeminencias fueron:

a.- La preeminencia de la masa por sobre el individuo

b.- La preminencia de la fuerza por sobre la libertad

c.- La preeminencia del nacionalismo por sobre la integración global

d.- La preeminencia del mercado interno por sobre la conquista del mercado mundial

e.- La preeminencia de lo “culturoso” sobre lo “industrioso”

f.- La preeminencia del mesiánismo personal sobre el Derecho

La primera preeminencia que nos destruyó fue el cambio del eje constitucional basado en la superioridad moral del individuo sobre la masa. El populismo peronista reemplazó la centralidad del hombre solo munido de la ley, de su habilidad, de su talento y de su esfuerzo para triunfar en la vida, por la fuerza bruta de la masa.

Muy conectado este punto con el (f) que veremos más adelante, el peronismo elevó a un Dios por encima de los talentos de las personas para “conquistar a la gran masa del pueblo”, como dice su marchita.

Esa innominación, esa pérdida en una masa amorfa de la creatividad individual del hombre que le saca jugo a las libertades de la ley para avanzar y progresar -él y su familia- envileció el talento emprendedor argentino y lo durmió bajo la idea de que un líder mesiánico elevaría a la masa como un todo, independientemente de lo que hiciera cada uno.

Se trató de un tiro mortal al principal motor con el que cuenta cualquier sociedad para dejar atrás las penurias y el atraso: la ambición personal. La masa aplasta la diferenciación humana y las ansias normales de los individuos por asomar la cabeza por encima de la superficie. Castiga al diferente y, con una hoz imaginaria, corta al ras todo lo que desafía la “igualdad” de la masa.

La segunda preeminencia que contribuyó a la decadencia argentina fue la de la fuerza por sobre la libertad. A esta altura es obvio explicar que las seis preeminencias trabajaron en conjunto y coordinadamente y muchas veces la explicación de una subsume a la de la otra.

En este caso, no hay dudas que el método preferido de la masa es la fuerza. Mientras que el individuo cuenta con la libertad para abrirse paso en la vida, la masa cuenta con la fuerza. El rebelde a ese principio debe ser sometido y el arma preferida para el sometimiento es el miedo al ejercicio de la fuerza. Me refiero al ejercicio de la fuerza física, a esa que contiene la virtualidad de lastimar. A esta altura son ya muy conocidas las palabras del propio Perón cuando cuenta cómo él junto a “500 hombres” ganaron “la calle” a fuerza de “romper cabezas con palos» (a los que le habían clavado clavos en las puntas), «rompiendo vidrieras” y todo lo que encontraran a su paso. La incapacidad de la Justicia argentina en ese momento para hacer valer la libertad y el allanamiento de las instituciones democráticas a la fuerza bruta, también explican nuestra miseria actual.

La tercera preeminencia consistió en convencer a la sociedad de que lo que más le convenía al país era el aislamiento; romper lazos con el mundo y vivir en una especie de caparazón por fuera de lo que ocurría más allá de nuestras fronteras. El no salir de la Argentina, el no hablar idiomas, el enimismamiento tanguero en una cultura de la melancolía nacional, fue una especie de lastre que nos hundió en el atraso y que no solo no condenamos sino del que nos sentimos orgullosos. Generaciones enteras de dirigentes trasmitieron este virus. Los medios de comunicación, referentes mediáticos, “influencers” (en el idioma millennial del siglo XXI) se dedicaron a llevar al convencimiento de los argentinos que todo lo que tuviera un tufillo a “mundo” era “inmundo”.

La cuarta preeminencia (muy conectada con la anterior) fue el ensimismamiento comercial en el mercado interno y la renuncia a la conquista del mercado mundial. Para ello cerramos la economía a fuerza de aranceles estrafalarios que crearon una burgusía fofa, no competitiva, socia del Estado inmoderado que condenó al consumidor argentino a utilizar bienes y servicios caros y malos, sin propensión al mejoramiento y al trabajo bien hecho, porque, total, ninguna competencia los amenazaba.

Es curioso como esta preeminencia fue vendida, sin embargo, como una ventaja que favorecía a los pobres cuando en realidad para lo único que sirvió fue para crear una casta de nuevos ricos asociada a funcionarios corruptos que encontraron en el curro y no en el trabajo competitivo la vía segura para el progreso. Sin duda progresaron (¡y cómo!) ellos, pero el hombre común se empobreció, mientras creía estúpidamente que lo estaban ayudando.

La quinta preeminencia nociva fue la preferencia social por lo “culturoso” antes que  por lo “industrioso”. En efecto, una cultura “humanística” exagerada nos alejó del espíritu práctico de la industria y de la mentalidad ingenieril que resuelve problemas de manera simple.

Más del 90% de nuestros presidentes (fuera de los que fueron directamente militares) fueron abogados. La mayoría de nuestros egresados universitarios se forman en carreras humanistas, filosóficas, que se muestran siempre dispuestas a discutir el sexo de los ángeles pero que demuestran una manifiesta incapacidad para resolver problemas prácticos. Esa “cultura” invadió a toda la sociedad que rinde reverencia a verseros de labia y denosta a quienes saben hacer.

Por último, la sexta preeminencia fue la que entregó a la sociedad a la creencia de que líderes mesiánicos, con una egolotría anormal, podían resolver los problemas de todos. Eso nos dirigió a un culto enfermizo a la personalidad que nos hizo olvidar de nuestro centro personal y llegar a prometer a “dar la vida” por alguien. La vida se da por uno mismo y por la familia de cada uno en constante colaboración con el prójimo y con las ansias de progreso que a él también lo animan. Ese colaboracionismo teje una amalgama social ajena al poder y a los mesiánicos de turno y se centra en el trabajo y en la vida comunitaria ajena al Estado. Algunos vivos que supieron destruir esa lógica sacaron provecho de ello para robar el tesoro público y contribuir como nada a la pobreza generalizada, mientras engrosaban sus bolsillos personales.

Australia en el mismo tiempo que nosotros, hizo todo lo contrario. Y por eso también (como una alegoría caprichosa a su ubicación geográfica, opuesta a la nuestra) se halla en el otro extremo social cuando se trata de habla del estándar de vida del pueblo… Del pueblo común, ese de todos los días, ese al que creemos que pertenecemos todos.