Arma de doble filo

dilmarousseff

La situación en Brasil, con la presidente Dilma Rousseff a punto de ser despedida del gobierno –sea por una renuncia voluntaria o por un procedimiento de impeachment-  concita obviamente el interés argentino porque gran parte del destino de nuestras exportaciones (especialmente de aquellas que contienen valor agregado) van hacia ese país.

En efecto, la Argentina ha quedado presa de la suerte brasileña desde que voluntariamente decidió que no podía competir con ese país y se amoldó a ser “el Canadá” de Brasil. Claro que ni Brasil es Estados Unidos ni Argentina es Canadá. Las cuentas suelen ser un poco diferente en estas latitudes.

Además, Canadá, a pesar de tener su economía íntimamente vinculada a la americana, no se ha atado de pies y manos con uniones aduaneras que lo arrastraran a la suerte del Tío Sam pase lo que pase. La canadiense sigue siendo una economía abierta con una amplia interrelación con el mundo que puede echar mano de otras oportunidades cuando su vecino del sur entra en problemas.

Es lo que no ocurrió con la Argentina. El país, en gran medida por sus benditos traumas con la libertad económica, rechazo las modalidades opcionales al Mercosur y se entregó a una asociación que, evidentemente, tendría a Brasil como locomotora o como lastre: si Brasil tiraba para adelante, fenómeno; si se caía, nos caíamos todos.

Es lo que ha estado ocurriendo hasta hoy. Es verdad que desde que se creó el Mercosur, Brasil ha tenido más tiempos de los buenos que de los malos y eso en gran medida explica el crecimiento exponencial de nuestra conexión comercial con ellos. Pero ahora, que están en la mala, vemos lo limitados que son los horizontes de las uniones aduaneras y de los cepos que les imponen a sus miembros que, en teoría, están impedidos legalmente de negociar otro tipo de ralacionamiento comercial con otros países, como por ejemplo son los tratados bilaterales de libre comercio.

Recuerden ustedes que tiempo atrás, durante la presidencia anterior de Tabaré Vázquez en Uruguay, el país amenazó con dejar el Mercosur para firmar un acuerdo de libre comercio con EEUU.

Es esta misma razón la que hizo que Chile fuera toda la vida un “observador” del Mercosur, pero nunca un miembro pleno: los trasandinos nunca estuvieron de acuerdo con resignar la maleabilidad comercial de la libertad para entregarse a la rigidez de la unión aduanera. Y en gran medida eso explica por qué Chile es hoy un país con muchas más alternativas frente a los problemas cíclicos de la economía regional que nosotros.

El Mercosur ha sido, globalmente considerado, un lastre para la Argentina. Impidió que el país negociara esas otras opciones y, ahora, nos tiene apoltronados viendo si Brasil supera su crisis o la profundiza.

Europa tiene un esquema semejante. Quizás con los mismos traumas que nosotros respecto de la completa libertad, imaginó la ingeniería de la Unión Europea para aspirar a inventar un “país” formado por varios que pudiera competir globalmente con EEUU. Está claro que el experimento funcionó quizás mejor de lo podría haber sido la performance de cada uno por separado luego de la guerra, pero aun así, la Comunidad tiene enormes restricciones, es monumentalmente burocrática y, en última instancia, depende económicamente de cómo le vaya en ese terreno a Alemania y, en mucha menor medida, a Francia.

Gran Bretaña –siempre mucho más autónoma y “americana” que el continente, en ese sentido- nunca se integró a la unión monetaria del Euro y ahora está por poner a votación su propia escisión de la Comunidad.

No hay dudas que hay aquí raíces sociológicas que nos entrelazan. Los anglosajones siempre tuvieron una preferencia marcada por la soltura de la libertad y los europeos continentales siempre la tuvieron por la regulación, la burocracia y el control.

En nuestro subcontinente, Chile ha sido –económicamente hablando- el más “anglosajón” de los países. La Argentina haya sido, quizás, su contraparte, la más “europea continental”.

Son como dos culturas que chocan a veces irreconciliablemente; son dos visiones de la vida y de ver y entender el mundo.

Obviamente las “tropicalidades” de América Latina han ayudado para darles a aquellos modelos madre las particularidades propias de la región, y, así, esos modelos se han sazonado con nuestras costumbres propias, nuestras tradiciones y nuestra herencia.

Ir contra esas raíces no es fácil. Quien lo intente se encontrará con mil obstáculos y resistencias. Pero resulta obvio que algo hay que hacer. Debemos intentar algo distinto porque con los obstáculos que imponen los tratados del tipo del Mercosur, siempre estaremos dependiendo de lo que le ocurra a Brasil.

En cierta manera es natural que en materia de comercio exterior hayamos caído en una unión de este tipo porque es la estructura jurídica y económica que más se parece a las regulaciones y controles que establecemos dentro de nuestras propias fronteras. Lo cual nos indica que, efectivamente, dentro de nuestras propias fronteras, también debemos ir hacia algún tipo de liberalización y desregulación. El anquilosamiento económico de la Argentina encuentra su explicación en esa aspiración a controlarlo todo.

Por supuesto que hubiera sido preferible que Brasil no pasara por lo que está pasando y hubiera seguido siendo la locomotora que nos salvó del desastre en el que hubiéramos entrado mucho antes de no haber sido por ese factor de disimulo. Pero los países deben tener una visión amplia de sus contingencias y prepararse para ampliar –y no para reducir- sus opciones de salida frente a crisis inesperadas. Con las manos atadas a la suerte brasileña ya no solo tenemos que hacer las cosas bien aquí sino rezar para que todo se revierta allá.