Argentina ya lo hizo

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En momentos en que la enjundia del gobierno -que había comenzado a mediados del año pasado y se había coronado con el triunfo electoral de octubre- parece disminuir en cuanto a la fortaleza real de su envión para completar un proceso de cambios y de salida del infierno, sería bueno recordar que esa tarea -la de salir de un infierno- la Argentina ya la hizo.

En efecto, el país ya pasó exitosamente esa prueba cuando dejó atrás su primer infierno que corrió desde 1810 a 1860. El país recién nacido, también se hundió en el estatismo, en el culto a la personalidad, en el caudillismo, en el populismo, en la cultura de fiscalista, en el delirio económico, en la concentración burocrática de pesados e inservibles entes públicos, en obstáculos de todo tipo que se levantaban contra los que querían trabajar; en el sectarismo, en el autoritarismo, en la negación del otro, en la división y el rencor.

La sola enumeración de esas calamidades nos hace dar cuenta que las mismas son muy similares -si no directamente iguales- a las que padecemos hoy. Prácticamente no hay diferencias.

El país se haya completamente asfixiado, atado, por millones de regulaciones similares a las que imponía la Casa de Contratación de Sevilla, y que fueron seguidas luego por los primeros gobiernos patrios, porque naturalmente eso era lo usual para ellos, a lo que habían estado toda su vida acostumbrados.

Pero apareció, a mediados de los años 30 del siglo XIX, una generación gloriosa formada bajo el influjo de otras ideas, delas  ideas de la libertad, de la soltura individual, del fluir de la creatividad y de la innovación y de la implementación de un orden jurídico que diera rienda suelta a toda esa vitalidad.

Todo ese hervor desembocó, luego de Caseros, en la sanción de la Constitución que receptó todo ese andamiaje jurídico de libertad y de desafío que les propuso a los argentinos y a todos los hombres de buena voluntad que quisieran habitar su suelo, lanzarse a la aventura de vivir, sin ataduras, con el cielo como límite.

Luego de la unificación de la Confederación en 1860 el país no paró de crecer sostenidamente, dejando atrás un desierto infame y analfabeto, lleno de muerte y de miseria para convertir al mismo territorio, antes bañado en sangre, en una de las potencias más ricas del mundo.

Nadie podía entender como ese conjunto ignoto de bestias que habitaban la periferia del mundo de pronto se había entreverado entre los países más afluentes de la Tierra.

La Argentina participaba, ella sola en el 3% del comercio internacional. De cada 100 dólares que se movían en el mundo 3 eran argentinos. El PBI del país era superior al PBI combinado de toda América Latina, incluido Brasil.

La tierra argentina se vio surcada por vías férreas, puertos eficientes, innovadores anónimos; por una productividad eficiente, por una apertura al mundo que recibía brazos trabajadores y mente lúcidas desde los cuatro puntos cardinales del globo.

No hay ejemplos de otros países que, habiendo salido del infierno de la anarquía que el país vivió por medio siglo entre 1810 y 1860, hayan vuelto a él. Sí existen países que nunca han podido conocer las mieles del desarrollo y de la afluencia económica. Pero de países que hayan logrado llegar a esa cumbre y luego se hayan desmoronado hasta llegar a otro infierno parecido al que habían dejado a atrás, no hay. Argentina es el único caso mundial.

Para salir del pozo indigente en que se encuentra el país no debe inventar nada. No siquiera debería tomarse ese trabajo que sí, quizás, sería necesario en el caso de otros pueblos. Pero nosotros no. Nosotros ya lo hemos hecho. Nosotros podríamos salir del segundo infierno porque ya hemos salido del primero. Y el segundo es igual al primero.

Nosotros podríamos acceder a un segundo paraíso porque ya hemos conocido ese estadío y se lo hemos mostrado al mundo.

Para hacerlo no debemos hacer otra cosa más que repetir lo que ya hicimos: volver a la libertad de la Constitución. Esa libertad que la ley Fundamental garantiza a los ciudadanos es el único campo fértil en donde germinan las dos únicas semillas capaces de sacar a los países del subdesarrollo, de la pobreza y de la miseria. Esas semillas son la innovación y la creatividad. Ellas son las únicas capaces de dar un salto cuántico a la generación de riqueza para sacar a millones de personas de una pobreza que debería darnos vergüenza.

Quienes tratan estos argumentos con desdén porque ven en ellos el recuerdo de cifras y de datos que remiten a la Argentina de hace más de 100 años, deberían dejar atrás su ignorancia y reconocer que si hay algo que no se mide por el almanaque es la modernidad. Esta se mide por las ideas, no por el tiempo.

La Constitución de Venezuela que no tiene más de 20 años es infinitamente más antigua que la Carta Magna que se juró en 1215. Los Estados Unidos siguen rigiéndose por el que tal vez sea el documento más moderno del mundo, su Constitución de 1787.

Resulta hasta exasperante que el país tenga tan a mano la solución a problemas que de ninguna manera son ajenos a su propia historia, y no la adopte ya, sin más dilaciones. Y más exasperante aún resulta que algunos ignorantes crean que esas soluciones son “viejas”, simplemente porque fueron aplicadas hace más de 100 años, en otro contexto.

¿De qué contexto hablan? Las ideas del éxito no cambian, son siempre las mismas: en el siglo XIX inventaron la máquina de vapor y en el XXI el iPhone, pero el sustrato es el mismo: simplemente el campo fértil de la libertad en donde germina la innovación.

¿Qué diferencia hay entre el populismo de Rosas y el populismo del peronismo?,

¿Qué diferencia hay entre la burocracia y la letanía del Estado descripta por Alberdi en “Sistema Económico y Rentístico” y el estatismo argentino de hoy?

Todo aquel extravío fue demolido por la libertad de la Constitución. Eso y no otra cosa es lo que deberíamos hacer nuevamente hoy. Esas reglas de siempre, esos principios sagrados que alimentan la imaginación de los creativos, de los  innovadores son -como lo fueron ya- nuestra vía regia hacia el desarrollo y las mieles de la abundancia. No demoremos más. Hagámoslo ya mismo. Se puede. La mejor prueba es que ya lo hicimos una vez y sorprendimos al mundo con el resultado. ¿Por qué no intentarlo una vez más?