Ante la posibilidad de un cambio: depende de nosotros

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Una medida de la toxicidad de la Sra. Fernández quedó en evidencia ayer, cuando la noticia sobre la salida definitiva del default después de 15 años, quedó sepultada por la cobertura que los medios le dieron a las excentricidades golpistas de la ex presidente.

En efecto, el fallo final de la Cámara de Apelaciones de New York que ratificó el fallo del juez Griesa que había levantado las restricciones que la Argentina tenía para pagar a los acreedores de los canjes 2005 y 2010 y que allanó el camino para la colocación de los bonos con los que el país recaudará los fondos para pagar lo que la irresponsabilidad kirchnerista generó.

Este mojón en el camino de la recuperación económica luego de años de estancamiento, de falta de inversiones genuinas, de no generación de empleo, significa un avance importante en un costado que durante estos días estuvo completamente opacado por los desvaríos políticos.

Es cierto que la complejidad de la situación que atravesamos tiene características únicas. Mezcla exigencias económicas inmensas que tienen que ver con eliminar los enormes obstáculos que fueron levantados durante doce años por regulaciones y controles ridículos que destruyeron la capacidad de producir, crear e innovar de los argentinos; y temas políticos y judiciales que se relacionan con una maraña corrupta montada para saquear al Estado y al Tesoro Público.

Hacer todo eso al mismo tiempo resulta, en efecto, una tarea ardua. La particular concepción paternal e híper-presidencialista de los argentinos nos hace dar vuelta todo el tiempo y mirar hacia Macri. Pero lo cierto es que en una república que funcione más o menos adecuadamente, las investigaciones por delitos y corrupciones varias deberían corresponder a los jueces, mientras que el presidente debería concentrarse en las tareas de administración que corrijan los desvaríos de estos años y nos devuelvan lo más rápido posible nuestra capacidad para atraer inversiones, generar trabajo y producir más.

La sociedad, sin embargo, reclama un protagonismo activo del presidente en las cuestiones que tienen que ver con investigar el pasado y sus consecuencias. Algunos creen que esa toma de posición le daría a Macri ese viso de poder que nunca alcanzaría mostrando solamente logros de gestión.

Parece francamente mentira que lo primero que deberíamos reclamarle a un presidente sea aparentemente “accesorio” para los argentinos que preferirían ver a su líder al frente de una batalla. Es más, el enfrentamiento con la pobreza, el atraso, la falta de empleo, la falta de inversiones, no se ven como una “batalla”. Parecería que esos menesteres carecen de las heroicidades que la épica reclama.

Algunos han avanzado tanto como describir a Macri como un presidente “administrativo” pero que no ha dado aún muestras de protagonizar un “proyecto de poder”.

El problema es que la Argentina ha llegado al paupérrimo lugar en que se encuentra por los desvaríos de muchos personajes que se creyeron que, en lugar de hacer las cosas para que los argentinos vivieran mejor, estaban allí para beber el bronce de la gloria.

Si la gloria no te la da el hacer que tu gente viva mejor sino el emprender luchas contra los molinos de viento y, en efecto, la sociedad recibe mejor esas lanzas apuntadas contra aspas imaginarias que un mejor nivel de vida, entonces Macri está en problemas.

El presidente nunca pasará al bando de los épicos. Ya tenemos suficientes pruebas de que su fanatismo está comprometido con el producir hechos que reviertan la pobreza. Si el país no es capaz de producir una estructura que le entregue a la sociedad esa avidez por lo sublime, seguiremos experimentando esta sensación de que algo nos falta. Y como cuando nos falta algo estamos acostumbrados por historia, por tradición y por herencia a mirar al gobierno seguiremos mirando a Macri.

Ese vacío deben llenarlo los jueces. Si ellos pudieran desandar un camino de bajezas, de falta de responsabilidad, de oportunismo y emprender una tarea de ejercicio pleno de su poder de investigación seria, imparcial y profunda, quizás los argentinos comiencen a ver que alguien está “librando las batallas” que ellos quieren que se libren. Quizás en ese momento también empiecen a poder valorar lo que se hace para sentar las bases de una economía más sana, más integrada al mundo, menos “guerrera” y más productiva.

Si los jueces estuvieran ya cumpliendo ese rol, quizás las noticias sobre la salida del default no sólo hubieran ocupado el lugar que merecían en los medios, sino que también los argentinos la habrían valorado de otro modo; como los que realmente es: un paso imprescindible para que el país vuelva a crecer y a entrar en una realidad genuina que deje el relato fantástico atrás.

El reclamo al presidente sobre su “proyecto de poder” constituye una aspiración vacía. Es más el solo hecho de que efectivamente esa sea una discusión posible en la Argentina (que un presidente que no tiene un proyecto de poder no puede sobrevivir) nos habla de lo mal que estamos, de lo deteriorada que está nuestra capacidad de pensar.

Todos los precios que estamos pagando se relacionan, justamente, con “proyectos de poder” delirantes. Deberíamos darle la bienvenida a un presidente que no tiene un “proyecto de poder” sino un “proyecto de administración”. Los argentinos deberíamos acostumbrarnos a la idea de que la Constitución nos dio el “poder” a nosotros, no a los funcionarios: somos nosotros los poderosos, no ellos. Ellos están ahí para administrar los fondos comunes y para generar las condiciones jurídicas sociales y económicas que nos permitan desarrollar a pleno nuestras potencialidades. No los hemos puesto en ese lugar para que asuman el rol de un general en una guerra. Son nada más que presidentes; funcionarios temporales que deberían rendir cuentas de su administración, mientras buscan pasar a la historia por su honradez y su capacidad para multiplicar los puestos de trabajo.

Estamos en la puerta de un gigantesco cambio cultural. Si no atravesamos ese umbral (en una de nuestras últimas oportunidades) nos quedaremos en la prehistoria de la evolución, presos de un orden medieval en el que nada depende de nosotros y en el que le habremos entregado nuestra suerte final a un iluminado.