Algo peor que el comunismo

Algunas personas que siguen estas columnas me han preguntado por qué sigo hablando de países que “se rinden” para tratar de compararlos con la Argentina cuando, en todos los casos, esos países eran naciones comunistas que, efectivamente, dejaron de lado esos dislates para ir hacia organizaciones sociales libres -o más libres- mientras que en la Argentina no rige, ni rigió nunca, semejante ideología.

Es verdad. Tienen toda la razón quienes así piensan: nunca la Argentina ha sido un país comunista.

El punto es que ha sido algo peor que eso. En efecto, la Argentina ha sido -y lo sigue siendo en grandísima medida- un país comunistoide o socialistoide en el que esas bacterias se han transfigurado para metamorfosearse en las filas de otros partidos (especialmente el peronismo) y desde las cuales se las han arreglado para trepar a lugares clave de la Administración y desde allí implementar como mínimo parte el cuadro decadente de sus ¿ideas?

Durante los años ’60 el comunismo nacional tomó  suficiente conciencia de que su ideología nunca haría pie completo en el país. Sus reiterados intentos terminaban con papelones impresentables en las urnas.

Notificados suficientemente de esa realidad, diagramaron dos estrategias básicas para superar esa barrera: la guerra revolucionaria de guerrillas y el “entrismo”, que consistía, básicamente, en una tarea de camuflaje para disfrazarse de “peronistas” e infiltrar las filas de ese movimiento con el fin de usar su base electoral para alcanzar los sillones del poder. Perón avaló -porque en su momento le convenía, esa estrategia-.

Ambas tácticas resultaron bastante eficientes a los fines de convertir un país con una Constitución liberal moldeada por Alberdi a la luz de la Constitución norteamericana de 1781 (que debería -en teoría- haber reproducido los rasgos fundamentales de su modelo madre) en una nación decadente, completamente alejada de su matriz, a la que indudablemente había comenzado a parecerse durante los 70 años en que aquel plexo fundamental había regido sin cortapisas en el país.

De ese modelo desafiante que había logrado convertir un desierto analfabeto en el primer producto bruto per capita del mundo, el adefesio comunistoide lo hizo pasar a lo que es hoy: un magma rebelde no se sabe muy bien contra qué, en permanente discordia y donde el conflicto ha pasado a ser la llave que una mayoría social cree necesaria para el progreso.

La instalación de la idea de la lucha de clases -otro fracaso mundial que cualquier país con dos dedos de frente ha dejado atrás por ser probadamente idiota- retiró del escenario argentino un componente indispensable del progreso que es la paz. Y en ese escenario de discorda lo unico que floreció fue la decadencia.

De modo que lo comunistoide suele ser peor aun que el comunismo, pues éste es tan brutal que hace ver rápidamente a las sociedades que lo padecen las incogruencias de sus disparates y lo cruel de su yugo.

En cambio el adefesio comunistoide mella el motor productivo de la sociedad haciéndolo trabajar como aquella máquina que “ratea” porque se le ha cargado un combustible malo: parece que avanza pero los demás autos lo pasan como un poste.

Resulta absolutamente increíble cómo gente en apariencia inteligente puede sostener aun semejantes dislates. No hay más que decir, para comprobar la brutez de este conglomerado de sandeces, que la aspiración económica del comunismo se basa en que una planificación centralizada de la economía (que retira del centro protagónico de la sociedad a la persona individual para colocar allí al Estado) es capaz de proveer todas las necesidades de la sociedad sobre la base de que un conjunto de cráneos discierna las necesidades anuales de toda la sociedad desde la provisión de pasta dental hasta la necesidad de acero. Son tan ciegos que no alcanzan a entender que la espontaneidad humana es tan impredecible que puede tirar todo ese cálculo a la basura por el simple expediente de apretar dos veces más de lo debido el pomo de dentífrico. Millones de seres humanos han sido arrojados a la indigencia y al hambre por la pretensión de sostener semejante soberbia. Creían que un conjunto de “sabios” iban a discernir con mayor exactitud las necesidades de la gente que la gente misma. Definir a todo esto como patético es poco; resulta suave.

El adefesio comunistoide argento es una infección que le impide al país respirar libremente. Se trata de una especie de tuberculosis que ataca la pleura de sus pulmones, que los invade y los aplasta impidiéndoles generar todo el aire que el organismo precisa. ¿Se genera aire? Sí, y por eso parece que no existe el comunismo en la Argentina. Pero el aire es escaso. El organismo se desespera abriendo la boca como si estuviera en la Puna de Atacama, en busca de un oxigeno que solo llega en cuentagotas por la acción del adefesio comunistoide.

Sin embargo, anestesiada por el aire que aun existe, la sociedad argentina se ha acostumbrado a vivir con poco oxígeno, como si eso fuera lo máximo a lo que pudiera aspirar. El adefesio comunistoide ha hecho posible lo imposible: que un país que debería ser una potencia, con un nivel de vida afluente, en donde fuera agradable vivir y de donde nadie quisiera irse, en lo que es: una tierra arrasada por la discordia, por la disfuncionalidad, por la envidia, el rencor, la furia y el resentimiento.

A veces pienso si no hubiera sido preferible estar sometido a una dictadura comunista hecha y derecha para poder habernos rebelado contra ella y haber tenido la posibilidad de rendirnos ante el triunfo mundial de la democracia liberal. Este “tercerismo intermedio”; esta “ni chicha ni limonada” nos ha matado, nos ha destruido. Y ni siquiera nos ha hado la posibilidad de ver con claridad las ventajas de una capitulación completa ante la evidencia del fracaso.