Para algunos, algo inesperado; para otros, era lógico

mirtha legrand

Es ya muy conocido el caso abierto a partir de la presencia de Natacha Jaitt en la cena de Mirtha Legrand del día sábado.

La modelo se explicó una actividad que algunos sospechaban de hacía tiempo pero que ella describió con detalle, más allá de estar dando a conocer y a aceptar la comisión de un delito. En efecto Jaitt dijo que, contratada por una empresa, se dedicaba a hacer seguimientos de personas y que en ese contexto había podido confirmar actividades relacionadas con la pedofilia de personas a las que identificó por sus iniciales.

En varios pasajes de su intervención, que consumió más de la mitad del programa (sin que una interrumpidora serial, como es la anfitriona, la haya cortado una sola vez) Jaitt atacó a la periodista Mercedes Ninci varias veces, refiriéndose a ella de modo despectivo cuando aquella le reclamaba pruebas y sin que la dueña de la mesa le llamara la atención por su notoria mala educación.

Muchos especularon que Mirtha Legrand es capaz de hacer cualquier cosa por un punto de rating, cuando seguramente podría haber obtenido más audiencia poniendo a Jaitt en su lugar, pidiéndole que se retire.

El nieto de Mirtha Legrand, Ignacio Viale, que es el productor ejecutivo del programa, advirtió en un tuit algunas horas antes de la emisión, que el programa iba a “prender fuego la mesa”. ¿Cómo sabía Viale el contenido de lo que Jaitt iba a decir?, ¿por qué su abuela, repetimos, una mal educada especializada en el arte de interrumpir, dejó hablar a Jaitt por más de 70 minutos sin echar mano ni una sola vez a su mala costumbre?

Todo lo ocurrido allí fue muy oscuro y con un fuerte perfume a operación. Independientemente de las actividades de espionaje ilegal que lleve adelante Jaitt (ahora se atan cabos sobre varias apariciones de ella, en general en la previa de elecciones nacionales, dando a conocer o haciendo manifestaciones escandalosas) no hay dudas que la producción del programa y Mirtha Legrand en lo personal, le deben una explicación al público.

Es cierto que han emitido un comunicado de disculpas, pero eso no alcanza. Legrand debe explicar por qué se prestó a una operación de chantaje con un tema sórdido y bochornoso.

La primera impresión es que el programa fue utilizado como una vía. Y yo tengo todo el derecho a pensar que esas “vías” se pagan.

La señora Legrand, que construyó un “muñeco” respetado por la corrección política -cuando no parece más que una comadrona dándole tracción a los chimentos del barrio- no ha mostrado más que lo que fue siempre: una mal educada atenta a la posibilidad de hacer negocios.

La diferencia es que esta vez se metió en un terreno ambicioso deambulado por personajes de bajo fondo a los que no les importa enchastrar a cualquiera con tal de hacerse de un dinero.

Tal vez haya sido su insoportable egocentrismo lo que la llevó a pensar que ella está más allá del bien y del mal y que puede hacer cualquier cosa frente a una cámara que todo el mundo se lo va a perdonar. Pero esta vez se le fue la mano.

No haber defendido a una periodista respetable como Ninci cuando Jaitt la trató de “eso que está ahí” es un indicio más que suficiente que la conductora actuaba en tándem con la escort. Una señora, dueña de su mesa, echa inmediatamente de allí a alguien que se comporta de ese modo con otro de sus invitados.

Quizás haya sido la ambición juvenil de Viale que, creyendo que contaba con el amparo inexpugnable de su abuela, aceptó la oferta de alguien para sentar allí a Jaitt y a su ventilador de estiércol.

Pero nada ocurre allí sin la bendición papal de Legrand. La señora tuvo un ligero parecido a las justificaciones del Vaticano cuando decía que “no sabía” que La Cámpora se aparecería allí con todas sus caripelas, repartiendo camisetas y lista para registrar su “bendición” con cuanta foto pudiera.

Para muchos lo del sábado fue una sorpresa. Desagradable. Pero sorpresa al fin. Para otros, entre los que me incluyo, no se trató de otra cosa más que de la ratificación de que Mirtha Legrand es un blef, un personaje menor que siempre tuvo como condición característica creerse más de lo que es y hacer de la egolatría y el “yoísmo” un arte pocas veces empardado.