Adiós a Bergolio, adiós al catolicismo

Bergoglio acaba de escribir “los pobres nos facilitan el acceso al Cielo. Ya desde ahora son el tesoro de la Iglesia. Nos muestran la riqueza que no se devalúa nunca, la que une la Tierra y el Cielo y por la que verdaderamente vale la pena vivir: el amor”.

Francamente resulta difícil elegir por dónde empezar a entrarle a este conjunto de dislates. Solo la naturaleza resentida que abriga el alma de Francisco puede explicar lo que el concepto encierra en general, como mensaje al Universo.

Naturalmente la primera reacción es que para el Papa la pobreza constituye una instancia moral superior del hombre y -casi me animaría a decir-  sugiere que solo los pobres son verdaderamente morales, éticos y buenos.

El mensaje que no se lee pero que está encerrado allí, es que el rico no tiene la relevancia moral del pobre y que su vida no facilita el acceso al Cielo.

Es curioso pero esa concepción es exactamente la contraria a la que indica el protestantismo, en especial en su variante calvinista, que entiende que el éxito material (léase “la riqueza”) que se obtiene en la Tierra es la señal de predestinación que el Señor envía para indicarte que te has ganado el reino de los cielos.

Podría parecer solo un detalle, pero cuando uno observa la lista de países que han logrado vencer la pobreza o tener avances sustanciales en su reducción, coincide, sugestivamente, con países de religión protestante. A la inversa, cuando uno estudia el listado de países con severos problemas de pobreza e indigencia, en su mayoría son católicos. Se trata de un hecho verificado hace décadas ya por Max Weber quien explicó con claridad cómo la ética protestante y su concordancia con el capitalismo producía riqueza donde otras “éticas” producían pobreza.

La primera conclusión entonces se transforma en una pregunta. ¿Está Bergoglio interesado en conocer los secretos que sacan a los pobres de la pobreza o solo le preocupa hacer política demagógica con ellos?

Porque siguiendo sus ideales deberíamos ser todos pobres, matar a la inmoral riqueza y andar por la vida como podamos, sobreviviendo.

El problema con el discurso del Papa es la queja. Si no se quejara por las consecuencias de la pobreza todo estaría bien. El problema es que se queja. Lanza acusaciones a diestra y siniestra por la situación en la que se encuentran los que él considera moralmente mejores. Si esa gente llegó al paroxismo de la bondad, Bergoglio ¿qué es lo que lo molesta?

Luego está esa subrepticia intención, cargada de culpa y de acusaciones, respecto a que los pobres son todos buenos. Lamento informarle, Bergoglio, que a diario se conocen historias de pobres que asesinan, que violan, que roban, que ocasionan pérdidas irreparables a los demás, que venden droga, que mienten, que atropellan los derechos ajenos ¿Son ellos también el tesoro de la Iglesia? ¿Van al cielo ellos también, mostrando el sacrosanto salvoconducto de “soy pobre”?

Usted, Bergoglio, es uno de los principales propagadores universales de la pobreza hoyen día. Con su mensaje insidioso, cargado de resentimiento, de odio y de rencor, inflama la mente de la gente y la lanza a aventuras de las que muchos no vuelven ¿Se hace cargo usted de sus vidas, Bergoglio? Sus palabras de fuego hacen que muchos se sientan empoderados para “hacer lío”, como textualmente usted pidió en las calles de Río de Janeiro, poco después de llegar al trono de Pedro.

En Chile murieron 22 de los que usted mandó a hacer lío. ¿Cómo lleva en sus espaldas esas muertes? ¿Le resultan pesadas acaso? ¿O les facilitó usted el ingreso a Cielo, sin más trámite?

¿Está realmente interesado en sacar a los pobres de la pobreza? Y si así fuera (cosa que obviamente dudo) ¿a cuántos pobres sacó de la pobreza con sus métodos?

Lo único que eleva el nivel social de las personas es la inversión, Bergogilo. ¿Sabe por qué? Porque la inversión genera trabajo y el trabajo genera riqueza nueva que entonces se halla lista para repartirse entre quienes la produjeron.

Sin capital no hay inversión y sin inversión no hay empresas. A su vez sin empresas no hay trabajo y sin trabajo no hay trabajadores.

Cada palabra suya que condene al capital deberá ser interpretada de ahora en más como una alegoría a la pobreza. Si a eso le sigue una queja suya por lo que no son otra cosa que las consecuencias de la pobreza, entonces habrá que concluir que usted es un cínico, Bergoglio. Si escuchó bien: un cínico. Alguien que usufructúa su investidura para destilar lo que no son otra cosa que venenos personales que no sé de qué furias le provienen.

Usted debería aplaudir a todos los gobiernos de la Tierra que aumentan la cantidad de pobres porque querrá decir que han escuchado su palabra y la han obedecido, generando más gente de la que usted cree se ubica en un estadio moral superior.

Siento repugnancia por sus palabras. Siento repugnancia personal por usted. Usted ofende al Cristianismo. En lo personal haré lo que esté a mi alcance para convertirme al protestantismo. Y  si no lo logro, seré un protestante de alma de ahora en más. Su palabra ha terminado de confirmar que no tengo nada que ver con su fe, con su superchería y, sobre todo, con su visión social resentida, rencorosa y llena de odio. Adiós, Bergoglio. Siento por usted el mismo respeto que siento por las personas malas y por las malas personas.