A la espera de un milagro

Desgraciadamente si todo sigue como viene hasta ahora, una nueva variante de populismo gobernará la Argentina desde el 10 de diciembre. Puede ser el kirchnerismo en una versión recargada de venganza (expresada descarnadamente por Luis D’Elia, la voz que Fernández no puede expresar por sí misma) y demagogia o una versión más edulcorada de peronismo clásico que podría radicalizarse más adelante, si viera que su componente “razonable” no le da resultado.

Ya sabemos cómo es el peronismo: puede adaptar las formas y los colores de la conveniencia según sean las circunstancias y aliarse hasta con el mismísimo diablo si de cuidarse el pellejo se trata.

Pero lo que está claro es que si la situación general no mejora, las posibilidades de las opciones “racionales” se opacan.

Y esto tiene que ver con los valores promedio que imperan en la sociedad. La Argentina se ha acostumbrado a un cortoplacismo desesperante que le impide proyectar un horizonte que supere una generación. Todo debe ser hoy, ya mismo. Nadie entiende las dificultades de la construcción de un orden democrático y libre y todo el mundo reclama un producto terminado que llegue poco menos que a la puerta de su casa.

Ese panorama político por supuesto que terminará de destruir la economía y como ya no hay espacio para la demagogia de la mano suelta porque dinero no hay, seguramente se instaurará algún tipo de dictadura que confisque riqueza por la fuerza para satisfacer las demandas de los parásitos que encumbraron al nuevo capitoste.

Se trata, sin dudas, de un escenario “venezolano” donde no habrá libertades civiles, se terminará con la independencia de la justicia y con la esencia misma del derecho de propiedad.

La Argentina viene coqueteando con esta atrocidad desde hace al menos 40 años. Salió por la fuerza de una amenaza armada montada por la guerrilla comunista de los ’70 y desde entonces no ha podido sentar las bases de un sistema libre.

No hay dudas que la existencia del peronismo ha empiojado esa salida porque el movimiento creado por Perón siempre conformó una versión totalitaria del poder que podría vestirse de Marx o de Mussolini (que en el fondo son lo mismo) según le conviniera.

Hoy estamos de nuevo a escasos meses de que esa amenaza se concrete otra vez. Alimentada por las increíbles torpezas que cometió el gobierno de Cambiemos desde que se inició (empezando por no decir el país que recibía y el esfuerzo que habría que hacer para levantarlo) y por las innumerables chicanas que el propio peronismo fabricó, la posibilidad cierta de que la Argentina abandone el sistema democrático de gobierno son cada vez más reales.

No hay dudas de que la situación es gravísima. La instalación de un populismo radicalizado o de un peronismo dispuesto a radicalizarse más adelante si su versión “moderada” no funciona, son una proyección trágica para la Argentina y un punto de quiebre probablemente definitivo.

Además esa “tendencia” llegará al poder con las lecciones aprendidas del propio Cambiemos: seguramente el primer día instalará el rebenque como forma de gobierno y no andará con disimulos.

Contrariamente a lo que hizo Macri, que no aprovechó el momento de mayor poder con el que la ciudadanía lo avalaba, esta gente no perderá un instante en instalar una dictadura férrea y voraz.

Por supuesto que la Argentina romperá con el mundo y volverá su alianza con Cuba (esta vez es probable que no se anden con disimulos y agentes cubanos lleguen al país para operarlo detrás de bambalinas) Venezuela, Irán, Rusia y China.

El país se despedirá definitivamente de un modelo “chileno” de crecimiento e ingresará en la etapa final de su descomposición. Seguramente se producirá un éxodo monumental de los mejores y aquí quedarán los que no tienen otra solución más que esperar una limosna del Estado.

¿Cómo pudimos llegar a esto? Es fácil responder esa pregunta si se observa la historia de la Argentina. El país siempre fue, desde sus albores, el terreno de disputa entre fuerzas contrapuestas, unas libertarias y otras totalitarias. Durante los años siguientes a la jura de la Constitución parecía que se había escrito “el fin de la historia” y que el descomunal despegue económico que el país tuvo de la mano de las nuevas instituciones de la libertad, ponían fin a una discusión que se había desatado desde mayo de 1810.

Pero las fuerzas del atraso, del corporativismo, del populismo y del nacionalismo siguieron trabajando para corroer los nuevos cimientos que se estaban construyendo. Tuvieron éxito: frente a circunstancias externas complejas hicieron valer una vez más sus estandartes contrarios a la apertura, a la integración y al comercio libre.

Desde ese momento en más el país quedó preso de un empate paralizante que lo deslizó hacia la pobreza y la miseria. De haber sido el primer producto bruto per cápita del mundo entre 1896 y principios del siglo XX, cayó ahora algún puesto entre el 80 y 100.

El empate puede estar por romperse. Pero para desgracia de la libertad, no en el sentido de fuerzas que nos saquen del pozo y nos eleven nuevamente en el concierto de las naciones sino, al contrario, hacia la dictadura y el totalitarismo. Solo un milagro podría obturar este peligro. Y los milagros suceden. Aunque no a menudo.