30 en 30

El eslogan del presidente es “sí, se puede”. Sin embargo cuando alguien le sugiere a él o alguno de sus colaboradores una propuesta superadora del estancamiento, la respuesta es “no se puede porque el peronismo no nos deja”. ¿En qué quedamos, entonces: se puede o no se puede?

Macri ha decidido una campaña que ha dado en llamar “30 en 30” que consiste en visitar 30 ciudades del país en treinta días con actos en las calles.

La gente no espera eso. Y menos la gente que lo quiere votar para evitar el totalitarismo kirchnerista. Esa gente espera una propuesta multifacética que deje al peronismo atrás, que genere un entusiasmo tal por el futuro que losa lleve a olvidarse de lo duro que han sido estos años y los haga confiar una vez más en el presidente.

Pero el presidente -y me consta lo que digo- prefiere no hacer demasiadas olas y solo aspira a navegar un mar relativamente tranquilo que lo deposite en el 10 de diciembre como el primer mandatario no peronista desde 1928 en terminar un mandato.

¡Qué aspiración tan corta para un ciclo que se inició con tan elevadas ilusiones! El presidente sabe que es muy difícil dar vuelta el resultado del 11 de agosto. Solo un cuasimilagro podría lograrlo. Y los milagros se alimentan de conductas atrevidas, de actos de arrojo, de movidas audaces.

Paradójicamente decisiones de ese tipo le podrían dar la tranquilidad a la que aspira, por ejemplo, en el mercado cambiario, que parece ser su única obsesión.  De un tiro podría matar varios pájaros: desmantelar las Leliq, bajar la tasa de interés, derrumbar el tipo de cambio, estabilizar los mercados, crear una moneda, recuperar el crédito y, hasta si me apuran, ganar las elecciones. Pero el presidente ha decidido optar por objetivos menos ambiciosos: llegar al 10/12.

Macri debería saber que sus oponentes no cometerán las mismas pusilanimidades. Están anticipando (Alberto Fernández dice que no, pero nunca se sabe cuándo éste Fernández dice la verdad y cuándo actúa) un cambio de la Constitución actual por un “nuevo orden” que todos sabemos cuál será: un audaz programa que instaure una dictadura populista de masas que arrase el esquema de derechos civiles y libertades individuales y termine, entre otras cosas, con la libertad de expresión y la inviolabilidad de la propiedad.

Cristina Caamaño, la presidente de la agrupación política incrustada en la Justicia, “Justicia Legítima”, ha dicho claramente que pretende una nueva ley fundamental que imposibilite que el periodismo “invisibilice” los temas, bajo el argumento de que la prensa ha silenciado los errores que ha cometido el gobierno de Macri fundamentalmente desde el punto de vista económico y judicial. 

La Sra Caamaño adhiere a la idea de que alguna entidad de control debería verificar el contenido de lo que dicen los periodistas para que, en el caso de que no coincida con lo que ella o su agrupación política pretende, se los haga cambiar de parecer.

Preguntada si su proyecto de reforma constitucional respetaría el derecho a la libertad de expresión, respondió que “por supuesto”, que eso “está más allá de toda duda”. Fue una lástima que el periodista no le pidiera que explicara cómo haría para conciliar la libertad de decir lo que cada periodista considere adecuado, con su gusto personal respecto del contenido de las noticias.

Vamos a ponernos en un extremo (no cierto, desde ya, pero para beneficio del debate y para ponernos forzadamente en la posición más favorable a Caamaño) y considerar que a un periodista se le hayan dado las reverendas ganas de “invisibilizar” los errores de Macri. Muy bien, si Caamaño dice que eso está mal y una futura Constitución debería contemplarlo, ¿acaso insinúa la existencia de algún ente que les diga a los periodistas lo que tienen que decir? Y si eso es así, ¿cómo concilia la existencia de ese ente con la vigencia de la libertad de expresión que, según ella misma, su proyecto de reforma no pondría en dudas?

Obviamente la debilidad argumental de la Sra Caamaño alarma. Al oírla uno parecía estar escuchando -dicho esto con todo respeto- a una señora que venía de hacer los mandados en el almacén del barrio.

Pero más allá de esta lejanía con el rigor intelectual del Derecho, lo que realmente asombra es que el presidente pretenda enfrentar este tsunami demagógico y fascista con el famoso “30 en 30”.

Eso son ellos, Macri: la calle, las muchedumbres amorfas, el grito, el no-pensamiento son ellos. Usted debería entregarle otro librito a la Argentina. El país ha tenido ya bastante del librito populista. Es más, ese librito es el que nos ha traído hasta aquí. Solo una movida audaz que nos saque de ese foco y nos vuelva a los principios de la libertad abandonados en 1946, con las consecuencias a la vista de quien quiera verlas, nos puede dar una oportunidad y también, dicho sea de paso, dársela a usted.

A los momentos culminantes se los enfrenta con audacia, arrojo, valentía y sorpresa. No tenga dudas, presidente Macri, que sus adversarios la tendrán. No ahorrarán ninguna herramienta para lograr lo que quieren. Si usted no los imita en lo único imitable que tienen, no hará otra cosa que convertirse en un paréntesis olvidable de la historia.